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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.35

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Página 35 de 64


EL REY.-¡Extraña paradoja!, lo negro, emblema es del infierno, color de los calabozos, caperuza de la noche. La cimera de la hermosura, con su claridad, adorna el cielo. BEROWNE.-Como mejor y más pronto seduce el diablo es disfrazándose de espíritu de luz. Si la frente de mi bella se adorna con trenzas negras, es por llevar duelo a causa de esos rostros pintados, y de esos cabellos engañadores, que encantan a los enamorados con sus artificios. Ella ha nacido para hacer centellear lo negro. Su tinte está cambiando la moda del día. Como artificial se empieza ya a consi­derar el rojo sangre de la naturaleza, y las mejillas sonrosadas, temerosas de no agradar, pronto se pintarán de negro para imitar su tono moreno. DUMAINE.-Por supuesto; por imitarla, negros son ya los deshollinadores. LONGAVILLE.-Y desde que ella está en el mundo, los carboneros pasan por mozos guapos. EL REY.-Como los etiópicos se alaban de su her­moso color. DUMAINE.-¿Para qué las candelas, puesto que las tinieblas son luz? BEROWNE.-En todo caso, vuestras amadas no se atreven a salir cuando llueve, temerosas de que sus colores se disuelvan. EL REY.-Bien haría, en cambio, la tuya, aguantando el aguacero. Porque, hablando con franqueza, fácil sería encontrar una cara más clara que la suya en cualquiera de las que no se han lavado nunca. BEROWNE.-Yo probaría que es la claridad misma, aunque para ello tuviese que estar perorando hasta el día del Juicio Final. EL REY.-Este día no habrá diablo que te asuste tanto como ella. DUMAINE.-Yo no vi jamás a hombre alguno con­ceder tanto precio a tan mala mercancía.
LONGAVILLE.-(Quitándose un zapato) Toma, aquí tienes a tu bella; mira mi zapato y verás su cara. BEROWNE.-Habrían de estar las calles empedra­das con tus ojos, y aún sus pies serían demasiado delicados para dejar en ellos su huella. DUMAINE.-¡Quita allá! De pasearse así, la calle ve­ría lo situado más arriba, como si ella estuviese en el aire. EL REY.-¿A qué disputar?, ¿no estamos todos enamorados? BEROWNE.-Nada más cierto. Y a causa de ello, perjuros. EL REY.-Cese, pues, esta vana charla, y tú mi que­rido Berowne, aplícate a probar que nuestro amor es el legítimo y que no hemos violado nuestro jura­mentos. DUMAINE.-Eso, eso, ¡diantre!, es lo que hace falta. Apresúrate a excusar nuestra falta. LONGAVILLE.-Sí, un argumento que nos autorice a continuar; un artificio, un subterfugio que nos en­señe cómo engañar al diablo. BEROWNE.


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