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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.34

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Despachad al auditorio y aún diré más cosas. DUMAINE.-Henos, pues, ya, en número par. BEROWNE.-Sí, sí, cuatro somos. Pero esos tórto­los, ¿se van o no? EL REY.-(Santiaguita y a Costard.) Vosotros, fuera de aquí. ¡Largo! COSTARD.-Vámonos, los honrados y dejemos solos a los perjuros. (Salen enlazados como dos enamora­dos.)
BEROWNE.-Queridos señores, tiernos amantes, ¡abracémonos! Lo mismo que el mar tiene su flujo y reflujo, que el cielo muestra su faz, así nuestra carne y nuestra sangre habla en nosotros. Sangre joven no obedece a viejo decreto. Imposible nos es cambiar nuestro modo de ser. He aquí por qué forzosamente teníamos que ser perjuros. EL REY.-¡Hola! Esta carta, entonces, revelaba que tú también estás enamorado, ¿no? BEROWNE.-¿Enamorado decís? ¿Pero quién po­dría ver a la celeste Rosalina sin quedar deslumbra­do, como el indio rudo y salvaje cuando despierta la luz espléndida por Oriente? ¿Quién no doblaría la cabeza, cual rendido vasallo, y cegado, no inclinaría el corazón, sumiso, hacia la tierra vil? ¿Quién ten­dría una mirada de águila tan arrogante como para atreverse a contemplar el cielo cara a cara sin quedar anonadado ante su majestad? EL REY.-¿Qué celo, qué furia te inspira ahora? Mi bienamada, señora de la tuya, es la luna en toda su hermosura. La tuya, pues, un pálido satélite, apenas visible. BEROWNE.-¿Es que mis ojos entonces ya no son ojos, ni yo Berowne? ¡Oh no, sin mi amor, noche sería el día!
Los más hermosos tonos, los más puros colores, en su suaves mejillas, rivalizan dichosos, vueltos, gracias a ella, ¡aún mucho más hermosos! y tornándolas lazos, prisión de mis amores. Los más ávidos pechos de cariño y dulzores serían a su lado, más que nunca dichosos. Lleguen del bien decir mil bardos presurosos a proclamar sus gracias, ¡envidia de las flores! Pero no, escapen, ¡huyan!, las retóricas vanas. Llega, tú, ¡oh verdad pura!, a confesar sincera que un ermitaño al verla lloraría sus canas. Que ella, ¡juventud viva!, bastaría, certera, a hacer joven al viejo, nuevo lo que se arrumba, ¡a sacar fresco y sano a un muerto de su tumba!
EL REY.-Pero, ¡el cielo me valga!, si tu bienamada es negra como el ébano. BEROWNE.-¿El ébano es como ella? ¡Madera di-vina entonces! ¿Qué felicidad comparable a una es­posa de esta madera? ¡Que yo sepa quien puede aquí recibir un juramento! ¿Dónde está el libro santo para que yo pueda jurar por él que carece de hermosura la hermosura, si no toma luz de los ojos de Rosalina? Así como que no hay rostro bello de no estar tan ricamente adornado de negro como el suyo.


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