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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.32

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briento y tan sincero. ¡Ah, si el Rey, Berowne
Longaville estuviesen enamorados como yo, su fal
ta, sirviendo de ejemplo a la mía, borraría de m
frente toda huella de perjurio! Pues nadie cae e
falta donde todos son víctimas de la misma debili
dad
LONGAVILLE.-(Avanzando.)Poco caritativo es t
amar, Dumaine, puesto que buscas compañeros qu
compartan tu pena. Sí, sí, puedes palidecer; pero y
enrojecería más bien de haber sido oído y sorpren
dido como tú lo eres
EL REY.-(Mostrándose.) Pues puedes empezar ya
ponerte como una amapola, porque tu caso y el suy
son gemelos. Es decir, que amonestándole, redobla

tus culpas. Seguro que tú no amas a María, ¿verdad? ¡Oh no! Longaville jamás ha compuesto sonetos en su honor. Ni apretó jamás los brazos contra su pe­cho para contener al enamorado corazón. Escondi­do tras este zarzal, a los dos os he espiado y hasta he enrojecido por vosotros. He oído, sí, vuestros versos culpables, he observado vuestros gestos, os he oído lanzar suspiros, he sido testigo de vuestros transportes amorosos. ¡Ay, suspirabais uno. Oh Jú­piter!, lloraba el otro. Uno alababais los cabellos de oro de la amada; el otro, los ojos de cristal de la su-ya. (A Longaville.) Tú, dispuesto estabas, por tu bel-dad celeste a romper votos y promesas. (A Dumaine.) Tú afirmabas que, por tu bella, Júpiter rompería to-da clase de juramento. ¿Qué dirá Berowne cuando sepa el ardor con que habéis denegado de lo pro­metido con tanto celo? ¡Cómo se burlará de voso­tros! ¡Qué ingenio va a derrochar en despreciaros! ¡Qué triunfo para él! ¡Qué salios de alegría! ¡Qué risa de vuestra debilidad! ¡Por cuanto hay en el mundo no querría yo que supiese otro tanto de mí! BEROWNE.-Pues a mí, el descender ahora para flagelar la hipocresía..-(Baja del árbol.) Mi amado se­ñor y soberano, os ruego me perdonéis. En verdad, que no carecéis de gracia censurando a estos gusa­nillos amorosos, vos... ¡el más enamorado de todos! ¿Acaso las lágrimas no ruedan desde vuestros ojos? ¿No son acaso espejos para que en ellos se contem­ple cierta princesa? ¿Ser perjuro vos, señor? ¡Oh no!, ¡sería cosa abominable! En cuanto a versos empresa es de trovadores, el rimar, no vuestra. Pero, ¿no sentís vergüenza; los tres, en verdad no os da vergüenza el veros descubiertos de este modo? Tú visto la paja en el ojo de Dumaine, el Rey la ha visto con el tuyo, yo, ¡una viga en la pupila de cada uno! ¡De veras que he sido testigo de un lindo espectá­culo loco ¡Qué de lamentos! ¡Qué de súplicas! ¡ Cuánto suspiro! ¡Con qué heroica paciencia, Dios es testigo he permanecido oculto contemplando a todo un rey transformado en mosquito, al poderoso Hércules haciendo bailar un peón, a Salomón sa­pientísimo canturreado una jiga; Néstor jugando al aro con los niños.


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