Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.27
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HOLOFERNES.-¡Mehercle!, si sus hijos son inteligentes, no será la instrucción la que les falte; de tener sus hijas alguna capacidad, ciertamente no quedará sin empleo. Pero vir sapit qui pauca loquitur. He aquí, un alma femenina que nos saluda. (Entran Santiaguita y Costard.) SANTIAGUITA.-Dios os dé un buen día, señor cura. HOLOFERNES.-¡Señor cura!, ¡quesi una cura! ¿Quién, pues de nosotros, tiene necesidad de someterse a cura? COSTARD.-¡Pardiez!, señor maestro de escuela, el que más se parezca a un barril. HOLOFERNES.-¡Justo, puesto que curar equivale a limpiar y es preciso que un barril lo esté! He aquí un pensamiento deslumbrador para un terrón de tierra, una linda chispa para una piedra, una hermosa perla para un puerco; encantador, excelente. SANTIAGUITA.-(Entregándole una carta.) Mi buen señor cura, tened, la bondad de leerme esta carta. Me la envía don Armando, y Costard me la ha dado de su parte. Por favor, leédmela. HOLOFERNES.-«Fauste, precor, gelida quanlo pecus omne sub umbra ruminat» etc. ¡Ah!, ¡excelente mantuano, yo puedo decir de ti lo que los viajeros dicen de Venecia:
«Venetia, Venetia,
Chi non ti vede, non ti pretia
¡Viejo mantuano!, ¡viejo mantuano! Quien no t
comprende, no puede amarte. (Canturreando.) ¡Do
re, sol, la, mi, fa! (Mirando por encima del hombro de mo
sén Nataniel.) Con vuestro permiso, señor y amigo
¿cuál es su contenido? O más bien, como dice Ho
racio en su obra... ¡Pero, por mi alma!, ¡si son ver
sos
NATANIEL.-Sí, caballero. Y en modo alguno ma
compuestos
HOLOFERNES.-Hacedme oír una estrofa, una es
tancia, un verso. Lege, domine
NATANIEL.-(Leyendo.
Perjuro soy, señora, por amaros
Mas, ¿qué puede obligar sino hermosura
A vos sólo leal, grande locur
sería el no rendirse y adoraros
¿A qué los libros, si para cantaros no ha de servir s
ciencia? ¿A qué pintura
¿Puede haber otra ciencia más segur
que conoceros? ¿Arte que pintaros
¡Alma infeliz, si viéndoos no muere
Yo, sólo de admiraros, me sé sabio. ¡Ojos de luz!, voz, si se enfada, trueno! Pero armonía, si acaricia y quiere. Permitid, ¡oh divina!, a un pobre labio que cante al cielo (¡tú!), de tierra lleno. HOLOFERNES.-No marcáis bien los apóstrofes, y a causa de ello, no se siente bien el ritmo. (Coge la carta.) Dejadme releer la cancionilla. Sólo la medida ha sido respetada, pero en lo que afecta a la elegancia, a la facilidad, al ritmo dorado de la poesía, caret.
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