Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.22
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Así yo ahora, tan sólo por conseguir alabanzas, trataré de derramar la sangre de un pobre gamo, al que mi corazón no de-sea mal ninguno. BOYET.-¿No es también por amor, simplemente, a ser alabadas, por lo que las mujeres de carácter agrio se esfuerzan por establecer su soberanía, tratando de hacerse las dueñas de sus dueños? PRINCESA.-En efecto, y alabanzas debemos a toda dama que subyuga a su señor. (Entra Costard.)
BOYET.-Pues aquí llega un miembro de la cofradía. COSTARD.- ¡Buenas tardes, a todos! Con perdón, ¿quién es aquí la dama de cabeza? PRINCESA.-Para reconocerla, muchacho, no tienes sino mirar a aquellas a las que les falte. COSTARD.-Quiero decir la dama más grande, la más elevada. PRINCESA.-Pues entonces la más fuerte y la más alta. COSTARD.-La más fuerte y la más alta, esto es. La verdad es la verdad. Si vuestro talle, mi señora, fuese tan delgado como mi espíritu, el cinturón de una de esas damiselas os iría bien. ¿Sois, pues, la que manda aquí? Porque entre todas sois la más fuerte. PRINCESA.-¿Y qué queréis, señor mío?, ¿qué queréis? COSTARD.-Tengo una carta de mi señor Berowne para una tal dama Rosalina. PRINCESA.-¡Ah! Dame, dame tu carta al punto; es una de mis buenas amigas (coge la carta). Aguarda un poco, mi buen mensajero. Boyet, vos que sabéis trinchar, abridme este pollo. BOYET.-Siempre a vuestro servicio... (Viendo la dirección.) Pero hay error. Esta carta no es para nadie de aquí. Ha sido escrita para Santiaguita.
PRINCESA.-La leeremos, no obstante, lo juro. Torced el cuello a ese sello y que cada uno aguce el oído. BOYET.-(Leyendo.) «Que eres hermosa, ¡por el cielo!, cosa es absolutamente infalible; que eres linda, mucha verdad; que adorable, ¡la verdad misma ! ¡Oh tú, más graciosa que la gracia, más hermosa que la hermosura, más verdadera que la verdad, ten compasión de tu heroico vasallo! En otro tiempo, el magnánimo y muy ilustre rey Cophetua dejó caer sus ojos sobre la perniciosa y evidente mendiga Zenelophon; y él es quien hubiera tenido el derecho de decir: «veni, vidi, vici», palabras que, anatomizadas en lenguaje vulgar (¡oh vil, bajo y oscuro vulgar!), quieren decir «videlicet»: que llegó, que vio y que venció. Vino, uno; vio, dos; venció, tres. ¿Quién vino?, el Rey. ¿Para qué vino? Para ver. ¿Para qué vio?, Para vencer. ¿Por quién vino? Por la mendiga. ¿Qué vio?, la mendiga. ¿A quién venció?, a la mendiga.
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