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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.22

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Página 22 de 64


Así yo ahora, tan sólo por conseguir alabanzas, trataré de derramar la sangre de un pobre gamo, al que mi corazón no de-sea mal ninguno. BOYET.-¿No es también por amor, simplemente, a ser alabadas, por lo que las mujeres de carácter agrio se esfuerzan por establecer su soberanía, tratando de hacerse las dueñas de sus dueños? PRINCESA.-En efecto, y alabanzas debemos a toda dama que subyuga a su señor. (Entra Costard.)
BOYET.-Pues aquí llega un miembro de la cofradía. COSTARD.- ¡Buenas tardes, a todos! Con perdón, ¿quién es aquí la dama de cabeza? PRINCESA.-Para reconocerla, muchacho, no tienes sino mirar a aquellas a las que les falte. COSTARD.-Quiero decir la dama más grande, la más elevada. PRINCESA.-Pues entonces la más fuerte y la más alta. COSTARD.-La más fuerte y la más alta, esto es. La verdad es la verdad. Si vuestro talle, mi señora, fue­se tan delgado como mi espíritu, el cinturón de una de esas damiselas os iría bien. ¿Sois, pues, la que manda aquí? Porque entre todas sois la más fuerte. PRINCESA.-¿Y qué queréis, señor mío?, ¿qué que­réis? COSTARD.-Tengo una carta de mi señor Berowne para una tal dama Rosalina. PRINCESA.-¡Ah! Dame, dame tu carta al punto; es una de mis buenas amigas (coge la carta). Aguarda un poco, mi buen mensajero. Boyet, vos que sabéis trinchar, abridme este pollo. BOYET.-Siempre a vuestro servicio... (Viendo la di­rección.) Pero hay error. Esta carta no es para nadie de aquí. Ha sido escrita para Santiaguita.
PRINCESA.-La leeremos, no obstante, lo juro. Tor­ced el cuello a ese sello y que cada uno aguce el oí­do. BOYET.-(Leyendo.) «Que eres hermosa, ¡por el cie­lo!, cosa es absolutamente infalible; que eres linda, mucha verdad; que adorable, ¡la verdad misma ! ¡Oh tú, más graciosa que la gracia, más hermosa que la hermosura, más verdadera que la verdad, ten compasión de tu heroico vasallo! En otro tiempo, el magnánimo y muy ilustre rey Cophetua dejó caer sus ojos sobre la perniciosa y evidente mendiga Ze­nelophon; y él es quien hubiera tenido el derecho de decir: «veni, vidi, vici», palabras que, anatomizadas en lenguaje vulgar (¡oh vil, bajo y oscuro vulgar!), quie­ren decir «videlicet»: que llegó, que vio y que venció. Vino, uno; vio, dos; venció, tres. ¿Quién vino?, el Rey. ¿Para qué vino? Para ver. ¿Para qué vio?, Para vencer. ¿Por quién vino? Por la mendiga. ¿Qué vio?, la mendiga. ¿A quién venció?, a la mendiga.


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