Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.21
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.. Pues bien, ¡sea!, amaré, escribiré, suspiraré, rogaré, suplicaré y gemiré. En definitiva, todos aman: unos a las damas, otros, a las fregonas. (Sale.)
ACTO IV
ESCENA PRIMERA
El parque del rey de Navarra
(Entran la PRINCESA, ROSALINA, MARIA, CATALINA, BOYET, el séquito y un guardacaza)
PRINCESA.-¿Era el Rey el que espoleaba tan viva-mente a su caballo para hacerle escalar esa colina tan escarpada? BOYET.-No lo sé; pero creo que no era el Rey. PRINCESA.-Sea quien fuere el tal caballero, demostraba tener un temple fogoso. Ea, señores, hoy despacharemos nuestros asuntos, y el sábado nos volveremos a Francia. Y ahora vamos a ver, tú, amigo, el guardacaza, dinos, ¿dónde está el matorral donde debemos apostarnos para hacer de asesinos desde él? GUARDACAZA.-Muy cerca de aquí. En la linde de ese tallar que hay allí. Puesto es desde el que podréis hacer blancos, ¿hermosos! PRINCESA.-Si los blancos son hermosos y soy yo quien los hago, habré de dar gracias más que a mi habilidad de buena cazadora, a mi hermosura, por lo que, sin duda, tú dices lo de hermosos. GUARDACAZA.-Perdonad, Señora, no es así como yo entendía la cosa. PRINCESA.-¿Cómo?, ¿cómo?, ¿empiezas por alabarme y luego te desdices? ¡Efímera vanidad! ¿No soy hermosa entonces? ¡Ay de mí, qué desgracia! GUARDACAZA.-Cierto que sí, Señora, que sois hermosa. PRINCESA.- ¡Bah!, no trates ahora de rehacer mi retrato. Donde no hay belleza, en vano la adulación trataría de enmendar la cara. Toma, mi buen espejo, esto para ti, por haberme dicho la verdad. (Le da dinero.) Buena recompensa por malas palabras es dar más de lo debido. GUARDACAZA.-Nada hay que no sea hermoso en todo cuanto poseéis.
PRINCESA.-Vedlo, vedlo, mi hermosura va a ser salvada por mi liberalidad. ¡Oh herejía contra la belleza digna de nuestro tiempo! La mano que da, por fea que sea, obtendrá lindas alabanzas. Pero, ea, dadme el arco. Cuando la piedad se dispone a ma-tar, cuanto mejores sean los golpes, peores serán. En todo caso, segura estoy de salir airosamente de esta cacería: si no atino a las piezas, se dirá que la piedad me lo ha impedido; de alcanzarlas, entonces que lo he hecho para mostrar mi destreza; es decir, más por ser alabada que por el propósito de matar. Y, en verdad, que cosa semejante sucede con frecuencia: la gloria se hace culpable de crímenes odiosos cuando, por obtener alabanzas o renombre, vanidades puramente exteriores, inclinamos hacia ellas los impulsos de nuestro corazón.
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