Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.18
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MOTH.-Y fuera del corazón, mi amo; os voy a pro-bar las tres cosas. ARMANDO.-¿Qué vas a probar?. MOTH.-Que soy un hombre, si vivo bastante para ello. Pero os voy a demostrar al punto que debéis conocer a vuestra bella de memoria, con el corazón y fuera del corazón. Amáis a vuestra bella de memoria, porque no la tenéis sobre vuestro corazón; la amáis de todo corazón, porque todo él está lleno de ella, y la amáis fuera de vuestro corazón puesto que éste no tiene esperanza de conseguirla. ARMANDO.-En efecto, triplemente enamorado estoy.
MOTH.-Sí, de estas tres maneras y de muchas otra
más... (Aparte.) Sin que dejes por ello de ser una nu
lidad
ARMANDO.-Ve a buscarme al patán; es precis
que me lleve una carta
MOTH.-He aquí un mensaje en regia: un rocín sir
viendo de embajador a un asno
ARMANDO.-¿Eh?, ¿eh?, ¿qué estás diciendo ahí
MOTH.-Que deberíais, mi amo, hacer que el asn
cumpliese el recado a lomos de rocín, pues and
muy despacio. Pero me voy
ARMANDO.-El camino no es largo. Corre
MOTH.-Rápido como el plomo, mi amo
ARMANDO.-¿Qué quieres decir, ingenioso niño
¿No es, acaso, el plomo un metal pesado, macizo
lento
MOTH.- «Minime», mi honorable amo; dicho d
otro modo, de ninguna manera, mi amo
ARMANDO.-Yo digo que el plomo es lento
MOTH.-Habláis demasiado de prisa, mi amo, di
ciendo tal cosa. El plomo que sale de un fusil, ¿e
lento
ARMANDO.-¡Lindo vaporcillo de retórica! M
toma por un fusil y es él quien es la bala. Pues bien
te descargo contra el patán
MOTH.-¡Apunten! ¡Fuego! ¡Salgo! (Lo hace.) ARMANDO.-¡Qué jovenzuelo lleno de vivacidad, ¡qué gracia!, ¡qué agilidad de espíritu! Perdóname, dulce cielo, que suspire en tu propia cara. ¡Oh tristísima melancolía ante la cual hasta el valor cede su puesto! ... Pero he aquí a mi heraldo de vuelta. (Moth entra en unión de Costard.)
MOTH.-¡Un milagro, amo! He aquí una calabaza que se ha roto una espinilla. ARMANDO.-¡Aun un enigma!, ¡una charada!, veamos la «dedicatoria». ¡Empieza! COSTARD.-Nada de enigma, de charada ni de dedicatoria señor, ni de otros ungüentos. Bastará un poco de llantén, creedme, señor; de llantén puro y simple. Dedicatoria, no, dedicatoria, no, ni ungüentos; ¡llantén!, ¡llantén! ARMANDO.-¡Voto a tal!, me obligas a reír. Tu estupidez me dilata el bazo y, al hinchar mis pulmones, provoca en mí una hilaridad ridícula. ¡Oh estrellas mías, perdonadme! ¡El inconsciente toma la dedicatoria por un ungüento! MOTH.
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