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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.18

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Página 18 de 64


MOTH.-Y fuera del corazón, mi amo; os voy a pro-bar las tres cosas. ARMANDO.-¿Qué vas a probar?. MOTH.-Que soy un hombre, si vivo bastante para ello. Pero os voy a demostrar al punto que debéis conocer a vuestra bella de memoria, con el corazón y fuera del corazón. Amáis a vuestra bella de memo­ria, porque no la tenéis sobre vuestro corazón; la amáis de todo corazón, porque todo él está lleno de ella, y la amáis fuera de vuestro corazón puesto que éste no tiene esperanza de conseguirla. ARMANDO.-En efecto, triplemente enamorado estoy.
MOTH.-Sí, de estas tres maneras y de muchas otra
más... (Aparte.) Sin que dejes por ello de ser una nu
lidad
ARMANDO.-Ve a buscarme al patán; es precis
que me lleve una carta
MOTH.-He aquí un mensaje en regia: un rocín sir
viendo de embajador a un asno
ARMANDO.-¿Eh?, ¿eh?, ¿qué estás diciendo ahí
MOTH.-Que deberíais, mi amo, hacer que el asn
cumpliese el recado a lomos de rocín, pues and
muy despacio. Pero me voy
ARMANDO.-El camino no es largo. Corre
MOTH.-Rápido como el plomo, mi amo
ARMANDO.-¿Qué quieres decir, ingenioso niño
¿No es, acaso, el plomo un metal pesado, macizo
lento
MOTH.- «Minime», mi honorable amo; dicho d
otro modo, de ninguna manera, mi amo
ARMANDO.-Yo digo que el plomo es lento
MOTH.-Habláis demasiado de prisa, mi amo, di
ciendo tal cosa. El plomo que sale de un fusil, ¿e
lento
ARMANDO.-¡Lindo vaporcillo de retórica! M
toma por un fusil y es él quien es la bala. Pues bien
te descargo contra el patán

MOTH.-¡Apunten! ¡Fuego! ¡Salgo! (Lo hace.) ARMANDO.-¡Qué jovenzuelo lleno de vivacidad, ¡qué gracia!, ¡qué agilidad de espíritu! Perdóname, dulce cielo, que suspire en tu propia cara. ¡Oh tristí­sima melancolía ante la cual hasta el valor cede su puesto! ... Pero he aquí a mi heraldo de vuelta. (Moth entra en unión de Costard.)
MOTH.-¡Un milagro, amo! He aquí una calabaza que se ha roto una espinilla. ARMANDO.-¡Aun un enigma!, ¡una charada!, vea­mos la «dedicatoria». ¡Empieza! COSTARD.-Nada de enigma, de charada ni de de­dicatoria señor, ni de otros ungüentos. Bastará un poco de llantén, creedme, señor; de llantén puro y simple. Dedicatoria, no, dedicatoria, no, ni un­güentos; ¡llantén!, ¡llantén! ARMANDO.-¡Voto a tal!, me obligas a reír. Tu es­tupidez me dilata el bazo y, al hinchar mis pulmo­nes, provoca en mí una hilaridad ridícula. ¡Oh es­trellas mías, perdonadme! ¡El inconsciente toma la dedicatoria por un ungüento! MOTH.


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