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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.17

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.. BOYET.-Dispuesto tan sólo a expresar con pala­bras lo que las miradas del rey han revelado. Me contento con ser la boca de sus ojos y con añadir a ella una lengua que bien sé que no miento. ROSALINA.-Lo que sois es un viejo galanteador, hábil en hablar de estas cosas.
MARIA.-Es el abuelo de Cupido y por él sabe l
que sabe
ROSALINA.-En este caso, Venus se parecería a s
madre, pues su padre es horrible
BOYET.-¿Oís bien, mis locas doncellas
MARIA.-No
BOYET.-¿Veis bien, en todo caso
ROSALINA.-Sí, nuestro camino para irnos
BOYET.-Sois demasiado astutas para mí. (Salen.

ACTO III

ESCENA UNICA
Otra parte del parque
(ARMANDO y MOTH están sentados bajo los árboles)
ARMANDO.-Gorjea, pequeñuelo, y encanta m
sentido del oído. (Moth canta la canción «Concolinel».
¡Dulce música! Toma, pimpollo de juventud, est
llave, da espacio libre al patán y tráemele aquí a
instante. Quiero hacerle llevar una carta a mi amada
MOTH.-¿Queréis, mi amo, ganar a vuestra amada
Enseñadla el «meneo» francés
ARMANDO.-¿El meneo francés? ¿Qué quieres de
cir

MOTH.-He aquí, mi noble señor; tarareáis una jiga apenas con la punta de la lengua al tiempo que bai­láis una canaria con los pies, sazonando todo ello con un intencionado rodar de ojos. Una nota la cantáis, otra la suspiráis, unas veces con la garganta cual si tragaseis el amor al cantarle, bien con la nariz cual si le sorbieseis con sólo olfatearle. Vuestro sombrero hacia adelante como alero sobre la barra­ca de vuestros ojos; los brazos, cruzados sobre el justillo que cubre vuestra menguada panza, cual co­nejo en asador, o bien en el bolsillo como los per­sonajes de las estampas antiguas. Teniendo cuidado de no insistir mucho en la misma canción; apenas un punto y a otra. He aquí las delicadezas, he aquí las finuras que seducen a las chicas guapas que sin ello, por supuesto, serían igualmente seducidas, y que hacen de quienes las poseen -¡notadlo bien, se­ñor!- hombres notables. ARMANDO.-¿Cómo has adquirido esta experien­cia? MOTH-Mediante un penique de observación. ARMANDO-¡Ay!, ¡ay! MOTH.-(Cantando.) «¡Gire, gire el caballo de made­ra!»
ARMANDO.-¿Tomas a mi amada por un caballo de madera? MOTH.-No, mi amo. El caballo de madera no es sino otro (aparte), y vuestra amada es quizá una ha-canea de alquiler. Pero, ¿habéis olvidado ya a vues­tra amada? ARMANDO.-Sí, casi. MOTH.-¡Escolar negligente! Es preciso conocerla de memoria. ARMANDO.-De memoria y de corazón, hijo mío.


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