Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.13
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ROSALINA.-Y estaba con él, si no me equivoco, otro de estos compañeros de estudios llamado Berowne. Jamás he conversado, durante una hora, con un hombre más alegre, sin sobrepasar los límites de la alegría decente. Su mirada no deja de ofrecer a su espíritu ocasiones para brillar. Cada objeto que aquélla capta, éste le torna en regocijante broma; y su lengua, intérprete sutil de su pensamiento, expresa éste en términos tan justos y tan graciosos, que escuchándole, los viejos diríase que recobran el alma retozona de su juventud al tiempo que los jóvenes quedan maravillados, de tal modo su conversación está llena de vivacidad y de encanto. PRINCESA.-¡Dios os bendiga, mis damas! ¿Estáis, sin duda, todas enamoradas, cuando de este modo cada una de vosotras adorna a su preferido con las más brillantes guirnaldas de elogios? UN SEÑOR.- He aquí a Boyet, que vuelve. (Entra Boyet.)
PRINCESA.-Veamos, mi señor Boyet, ¿qué acogida podemos esperar? BOYET.-El navarro había tenido noticia de vuestra graciosa llegada, y estaba dispuesto, en unión de los caballeros que han prestado con él juramento, a salir a vuestro encuentro noble señora, cuando yo he llegado. Desgraciadamente, según he creído comprender, su intención es más bien alojaros en pleno campo, cual enemigo que viniese a sitiar su Corte, que tratar de eludir su juramento acogiéndoos en su palacio solitario. Pero aquí tenéis al navarro. (Entran el Rey, Longaville, Dumaine, Berowne y el séquito del rey.)
EL REY.-Amable Princesa, sed la bien venida a la Corte de Navarra. PRINCESA.-Amable, os devuelvo el cumplido. En cuanto a bien venida, aún no lo soy, pues el tejado de la Corte en que estamos es demasiado alto para ser el de la vuestra, y vuestra bienvenida, en pleno campo, demasiado humilde para mí. EL REY.-Seréis, Señora, la bien venida en mi Corte. PRINCESA.-Consiento en ser allí la bien venida. Conducidme, pues, hasta ella. EL REY.-Escuchadme, querida señora; he hecho un juramento. PRINCESA.-¡Nuestra Señora asista a Vuestra Majestad! Vais a perjuraros. EL REY.-Por nada del mundo, hermosa señora. Al menos voluntariamente. PRINCESA.-Sí, sí, vuestra voluntad quebrantará este juramento; vuestra sola voluntad. EL REY.-Vuestra Gracia ignora en qué consiste tal juramento. PRINCESA.-Si Vuestra Alteza fuese ignorante como yo, vuestra ignorancia sería sabiduría; mientras que ahora, vuestro saber es prueba de ignorancia. He sabido que Vuestra Gracia ha hecho juramento de desterrar toda hospitalidad. Tal juramento, Señor, pecado mortal es el sostenerle. Mas perdonadme, soy demasiado atrevida; mal está dar una lección a mi maestro.
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