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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.4

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Dadme la cédula, la leeré de punta a cabo, y estamparé mi firma bajo las más rigurosas cláusulas. EL REY.- He aquí una sumisión que te salva de la vergüenza. BEROWNE.-(Leyendo.) «Item, que ninguna mujer se acerque a menos de una milla de mi Corte» ¿Ha si-do proclamado este artículo? LONGAVILLE.- Hace ya cuatro días. BEROWNE.- Veamos la penalidad. (Leyendo.) «So pena de perder la lengua.» ¿Quién ha imaginado esta penalidad? LONGAVILLE.- Yo, ¡pardiez! BEROWNE.-¿Y por qué, mi querido amigo? LONGAVILLE.- Porque tan temible castigo las alejará de aquí.
BEROWNE.- ¡Ley peligrosa para la galantería! (Le­yendo.) «Item, si durante este espacio de tiempo, de tres años, un hombre es sorprendido hablando con una mujer, sufrirá la humillación pública que el resto de la Corte juzgue bueno imponerle.» Este artículo, Alteza, vos mismo tendréis que violarle, pues sabéis muy bien que la hija del rey de Francia, doncella de una gracia y de una majestad totales, viene como embajadora para tratar con vos de la cesión de Aquitania a su padre, decrépito, enfermo y en el le-cho. Por consiguiente, o este artículo ha sido redac­tado en vano, o en vano viene la admirable princesa aquí. EL REY.- ¿Qué decís a esto, señores? En verdad que habíamos olvidado tal cosa. BEROWNE.- Luego bien veis que el estudio jamás alcanza lo que se propone. Mientras anda a la busca de lo que quisiera conseguir, olvida hacer lo que de­bería. Y cuando tiene lo que perseguía, su conquista es como la de esas ciudades que se toman tras ha­berlas incendiado: es decir, tan pronto perdidas co­mo tomadas. EL REY.- Es preciso abolir este artículo. Es abso­lutamente necesario que la Princesa se aloje aquí.
BEROWNE.- La necesidad nos hará tres mil veces perjuros en estos tres años. Pues cada hombre nace con pasiones que tan sólo una gracia especial puede dominar, no la voluntad. Si yo quebranto mi jura­mento, esta palabra, "necesidad", me servirá de ex­cusa. Estampo, pues, mi firma en el decreto, sin hacer excepción alguna. (Lo hace.) Y que el que in­frinja el menor detalle sufra la pena de una vergüen­za eterna. Las tentaciones, idénticas son para mí que para vosotros; pues bien, aunque parezca que firmo en contra de mi voluntad, creo que el último que honrará su juramento seré yo. Pero, ¿se nos conce­derá al menos algún alegre entretenimiento? EL REY.- Esto sí. Nuestra Corte, como sabéis, es visitada frecuentemente por un viajero de España; hombre refinado, experto en todas las modas nue­vas y cuyo cerebro es una fábrica de lindas frases.


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