Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.3
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BEROWNE.- ¡Por supuesto, que todos los placeres son vanos! Pero ninguno tanto como el que adquirido con pena, tan sólo penas nos procuraría. ¿Para qué permanecer con los ojos penosamente pegados a un libro, tratando de encontrar en él la luz de la verdad, si esta misma verdad nos ciega traidoramente con su brillo? Luz en busca de luz no es sino luz cogida en los lazos de la luz. Antes de descubrir la luz en el seno de las tinieblas, perdemos los ojos, y a causa de ello, la luz misma se nos torna tinieblas. Aprended, pues, más bien, a encantar vuestros ojos fijándolos sobre otros más hermosos que, con su brillo, os sirvan, de guía y os devuelva la luz tras haberos deslumbrado. El estudio, es como el resplandeciente sol del cielo, que no quiere ser escrutado por miradas insolentes. Los tragalibros asiduos, apenas han ganado jamás otra cosa en los libros escritos por otros que una autoridad canija. Estos padrinos terrestres de las luces celestes que llaman por su nombre a cada estrella fija no gozan de más noches luminosas que los que se pasean ignorantes del nombre de tales estrellas. Conocer demasiado es conocer de segunda mano. Ser padrino no es sino dar nombre a otro. EL REY.- ¡Qué saber demuestra razonando contra el saber! DUMAINE.- Como principio no sería malo, si no impidiese toda consecuencia. LONGAVILLE.- La primavera se acerca cuando los pájaros incuban. EL REY.- ¿Es decir? BEROWNE.- Que cada cosa tiene su tiempo y su lugar. DUMAINE.- Eso, razonablemente, no dice nada. EL REY.- Berowne es como esas heladas envidiosas y malignas que muerden a lo que nace primero en primavera. BEROWNE.- Si se quiere, ¡sea! Mas, ¿por qué el orgulloso verano se pavonearía antes de que los pájaros hayan tenido ocasión de cantar? ¿Por qué me alegraría yo de un nacimiento abortado? Ni en Navidad pido rosas ni deseo nieves cuando florecen en mayo. Deseo cada cosa en su tiempo. Es decir, que para darnos al estudio es ya demasiado tarde.
Es como subir al tejado para abrir la puertecilla de entrada. EL REY.- Pues entonces abandona la partida y vuélvete a tu casa, Berowne; ¡adiós! BEROWNE.- No, bondadoso señor, he jurado permanecer con vos, y aunque he abogado por la ignorancia más que vos podéis hacerlo en favor de vuestro angélico saber, guardaré lealmente el juramento que he prestado y soportaré, día tras día, la penitencia de estos tres años.
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