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Otelo (William Shakespeare) - pág.22

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Basta. CASIO Si no me soltáis, os hundo el cráneo. MONTANO Vamos, vamos, estáis borracho. CASIO ¿Borracho yo?
Pelean.
YAGO [aparte a RODRIGO] Vamos, corre a anunciar el disturbio.-
[Sale RODRIGO.]
Quieto, teniente. ¡Por Dios, señores! ¡Socorro
¡Basta, teniente! ¡Basta, Montano! ¡Socorro
señores! ¡Buena guardia tenemos

Suena una campana.
¿Quién toca la campana? ¡Diablo!
La ciudad va a alborotarse. ¡Por Dios, teniente! ¡Basta
¡Quedaréis deshonrado para siempre

Entra OTELO con acompaiamiento.
OTELO ¿Qué pasa aquí? MONTANO ¡Voto a ... ! Estoy sangrando. Me han herido de muerte. OTELO ¡Por vuestra vida, basta!
YAGO Basta, teniente. Montano, señores, ¿habéis perdido la noción del puesto y el deber? Basta, os habla el general. Basta, por decencia.
OTELO ¿Qué es esto? ¿Cómo ha sido? ¿Nos hemos vuelto turcos, haciéndonos nosotros lo que el cielo impidió a los otomanos?. Por decencia cristiana, ¡basta de barbarie! El que ceda a la furia con su acero desprecia su alma: cae muerto si se mueve ¡Que calle esa horrible campana! Espanta el decoro de la isla. ¿Qué ocurre, señores? Honrado Yago, que pareces muerto de pena, habla. ¿Quién ha sido? Por tu lealtad te lo ordeno.
YAGO No sé. Estaba n tan amigos, ahora mismo; por su trato parecían recién casados antes de acostarse. Y en un momento, cual si un astro los hubiese enloquecido sacan las espadas y se atacan uno a otro en cruel enfrentamiento. No puedo explicar cómo empezó esta riña tan absurda. ¡Así hubiera perdido en glorioso combate
las piernas que a verla me trajeron! OTELO Casio, ¿cómo habéis podido desquiciaros? CASIO Excusadme, os lo suplico. No puedo hablar.
OTELO Noble Montano, siempre fuisteis respetado. El decoro y dignidad de vuestra juventud son bien notorios y grande es vuestro nombre en boca del sabio. ¿Qué os ha hecho malgastar de este modo vuestra fama y cambiar el regio nombre de la honra por el de pendenciero? Contestadme.
MONTANO Noble Otelo, estoy muy malherido. Yago, vuestro alférez, puede informaros de todo lo que sé, ahorrándome palabras que me cuestan. Y no sé que esta noche yo haya dicho o hecho nada malo, a no ser que sea pecado la caridad con uno mismo o la defensa propia cuando nos asalta la violencia.
OTELO ¡Dios del cielo! La sangre empieza a dominarme la razón y la pasión, que me ha ofuscado el juicio, va a imponerse.


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