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Otelo (William Shakespeare) - pág.17

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Página 17 de 61


Bien de mi alma, si a la tempestad sigue esta bonanza, ¡que soplen los vientos y despierten la muerte, y la nave agitada escale montañas de mar como el alto Olimpo y baje tan hondo como el infierno desde el cielo! Si a hora muriese, sería muy feliz, pues temo que mi gozo sea tan perfecto que no pueda alcanzar dicha semejante en lo por venir.
DESDÉMONA Quiera el cielo que aumente nuestro amor y nuestro gozo con el paso de los días.
OTELO ¡Así sea, benignos poderes! No puedo expresar mi contento; me corta la voz, es tanta alegría...
Se besan.
Otro, y otro; sea ésta la mayor disonancia d
nuestros corazones.
YAGO [aparte] ¡Qué bien entonados! Mas yo seré quien destemple esa música, honrado que es uno.
OTELO Vamos al castillo. -Noticias, amigos: terminó la guerra; los turcos se ahogaron. ¿Cómo están los viejos amigos de la isla?-Amor, verás lo bien que te acogen; yo siempre vi en Chipre cariño. Vida mía, hablo sin orden y desvarío de felicidad. -Anda, buen Yago, ve al puerto y que descarguen mis cofres. Trae al capitán a la ciudadela; es un buen marino y digno de toda atención. -Vamos, Desdémona. ¡Qué dicha encontrarte aquí en Chipre!
Salen [todos menos YAGO y RODRIGO].
YAGO [a un criado que sale] Nos vemos luego en el puerto. [A RODRIGO] Ven acá. Si eres hombre, pues dicen que el plebeyo tiene más nobleza cuando está enamorado, escúchame. Esta noche el teniente vigila en el puesto de guardia. Primero oye bien: Des démona está enamorada de él.
RODRIGO ¿De él? Imposible.
YAGO Tú punto en boca y deja que te explique. Fíjate con qué ímpetu se prendó del moro, sólo porque se glo riaba y le contaba patrañas. ¿Va a estar siempre enamorada de su cháchara? No lo crea tu alma sensata. Su vista se alimenta. ¿Qué gusto va a darle mirar al diablo? Cuando el trato carnal embota el deseo, para volver a inflamarlo y renovar apetitos saciados hace falta una estampa gentil, concierto de edades, modales, belleza, de todo lo cual el moro anda escaso. Así que, por falta de tan esenciales condiciones, su exquisita finura se verá engañada, empezará a sentir náuseas, odiará y detestará al moro. Sus propias reacciones la guiarán y llevarán a elegir a otro. Pues bien, sentado todo esto, que es proposicion natural y razo nable, ¿quién sino Casio es el más inmediato en la escala de esta suerte, un granuja con labia, cuya conciencia no es más que una máscara de cortesía y respeto para satisfacer sus más ocultos instintos carnales? Nadie, nadie.


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