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Otelo (William Shakespeare) - pág.5

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OTELO Que haga lo imposible. Mis servicios a la Serenísima acallarán sus protestas. Se ignora (y pienso proclamarlo cuando sepa que la jactancia es virtud) que soy de regia cuna y que mis méritos están a la par de la espléndida fortuna que he alcanzado. Te aseguro, Yago, que, si yo no quisiera a la noble Desdémona, no expondría mi libre y exenta condición a reclusiones ni límites por todos los tesoros de la mar. ¿Qué luces son ésas?
YAGO Es el padre con sus hombres. Más vale que entréis.
OTELO
No. Que me encuentren. Mis prendas, m
rango y la paz de mi conciencia dará
fe de mi persona. ¿Son ellos?
YAGO Por Jano, creo que no.
Entran CASIO y guardias con antorchas.
OTELO ¡Servidores del Dux y mi teniente! La noche os sea propicia, amigos. ¿Alguna novedad?
CASIO El Dux os saluda, general, y requiere vuestra pronta presencia; inmediata si es posible.
OTELO ¿Conocéis el motivo?
CASIO Parece ser que noticias de Chipre. Algo apremiante: esta noche las galeras enviaron a doce mensajeros, uno tras otro, todos muy seguidos, y los cónsules ya están levantados y reunidos con el Dux. Os han convocado urgentemente. Al no haberos hallado en vuestra casa, el Senado envió en vuestra busca a tre s cuadrillas.
OTELO Mejor si me habéis hallado vos. He de hablar con alguien en la casa e iré con vos sin más demora.
[Sale.]
CASIO Alférez, ¿qué hace él aquí?
YAGO Es que tomó al abordaje una nave de tierra; si la presa es legal, ¡menuda fortuna!
CASIO No entiendo. YAGO Se ha casado. CASIO ¿Con quién?
[Entra OTELO.]
YAGO Pues con... -¿Vamos, general? OTELO Vamos. CASIO Aquí viene otro grupo en vuestra busca.
Entran BRABANCIO, RODRIGO y guardias con antorchas y armas.
YAGO Es Brabancio. En guardia, general, que viene con malas intenciones.
OTELO ¡Alto! RODRIGO Señor, es el moro. BRABANCIO ¡Ladrón! ¡Abajo con él! YAGO ¿Tú, Rodrigo? Vamos, aquí me tienes.
OTELO Envainad las espadas brillantes, que el rocío va a oxidarlas. -Señor, dominaréis mucho más con la edad que con las armas.
BRABANCIO Infame ladrón, ¿dónde tienes a mi hija? Estabas condenado y tenías que embrujarla. Lo someto al dictamen de los cuerdos: si no la encadena la magia, no se entiende que muchacha tan dulce, gentil y dichosa, tan adversa al matrimonio que rehusó a nuestros favoritos más ricos y galanos, se exponga a la pública irrisión, abandonando su tutela para caer en el pecho tiznado de un ser como tú que asusta y repugna.


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