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Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) - pág.43

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Avergüénzate de haberme obligado a ponerme un vestido semejante, si es que puede haber algo vergonzoso en un traje que el amor ha inspirado. Pero ante el pudor, menos afrenta hay en la mujer con cambiar de traje que en el hombre con cambiar de sentimientos.
     PROTEO. -¡Que en el hombre con cambiar de sentimientos! Es verdad. ¡Oh, cielos! El hombre sería perfecto si fuera constante. Este solo defecto es origen de todas sus faltas, y le arrastra a todos los pecados. La inconstancia renuncia antes de haber empezado. ¿Qué hay en el rostro de Silvia que constantes mis ojos no puedan hallar con más lozanía aún en Julia?
     VALENTÍN. -Vamos, vamos, una mano cada uno. Que tenga yo la ventura de realizar tan feliz conclusión. Sería lamentable que dos amigos como vosotros estuvierais mucho tiempo enemistados.
     PROTEO. -(Abrazando a JULIA.) Pongo al Cielo por testigo de que están colmados mis deseos.
     JULIA. -¡Y los míos! (Entran los BANDIDOS con el DUQUE y TURIO.)
     LOS BANDIDOS. -¡Una presa! ¡Una presa! ¡Una presa!
     VALENTÍN. -¡Deteneos, deteneos, os mando! Es mi señor el duque. Sea bien venido Vuestra Gracia a presencia de un hombre desgraciado, del proscrito Valentín.
     DUQUE. -¡Señor Valentín!
     TURIO. -Allí está Silvia, y Silvia es mía.
     VALENTÍN. -¡Turio, atrás o de lo contrario contempla tu muerte! Mantente a distancia de mi cólera. Y no digas que Silvia es tuya, porque, si lo repites, Verona no te vuelve a ver. ¡Mírala ante ti; atrévete sólo a tocarla con el aliento!
     TURIO. -Ningún caso hago ya de ella, señor Valentín. Loco por demás es quien arriesga la vida por una mujer de quien no es amado. Por nada del mundo la aceptaría, y por consiguiente, tuya es.
     DUQUE. -Eres el más degenerado y vil de los hombres por renunciar así a ella, después de todo lo que has hecho por obtenerla... Valentín, por la gloria de mis antepasados, aplaudo tu valerosa conducta y te creo digno del amor de una emperatriz. Aquí abjuro, por tanto, de todos los agravios del pasado, olvido mi enemistad anterior y te llamo de nuevo a mi corte. A tu mérito sin igual se debe una satisfacción. Yo mismo lo proclamo y te digo: «Valentín, eres un hidalgo del mejor abolengo; toma a tu Silvia, porque la has merecido.»
     VALENTÍN. -Gracias a Vuestra Alteza. Ese don colma mi felicidad. Permitidme ahora que, en nombre de vuestra hija, os pida una gracia.


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