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Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) - pág.20

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Amable Lucía, búscame vestidos que cuadren bien a un paje de buena casa.
     LUCÍA. -Pero entonces, señorita, os tendréis que cortar el cabello.
     JULIA. -No, muchacha; lo ataré con cordones de seda tan enlazados como los nudos que unen a los amores sinceros. Ir extravagante no resultará mal en un joven de la edad que yo representaré.
     LUCÍA. -¿Y de qué moda quiere la señora el pantalón?
     JULIA. -Que es como si dijeras: «¿Qué anchura quiere el caballero que tengan sus faldas?» Pues aquella moda que juzgues tú a propósito, Lucía.
     LUCÍA. -Será necesario ponerle gregüescos, señora.
     JULIA. -¡Quita, quita, Lucía! Eso sería de mal tono.
     LUCÍA. -Señora, hoy no darían ni un alfiler de pantalón sin que tuvierais una almohadilla lo bastante rellena para servir de acerico.
     JULIA. -Lucía: si me quieres, procúrame lo que te parezca y creas más adecuado. Pero dime, muchacha: ¿qué pensarán de mí al verme emprender tan extraño viaje? Temo promover un escándalo.
     LUCÍA. -En ese caso, quedaos en casa y no marchéis.
     JULIA. -No, eso no quiero.
     LUCIA. -Entonces no penséis en infamias y partid. Si cuando lleguéis agrada el viaje a Proteo, no importa a quién podáis disgustar al salir. Pero se me figura que no ha de gustarle mucho.
     JULIA. -Ése es el menor de mis temores, Lucía. Millares de juramentos, un océano de lágrimas e infinitas protestas de amor me garantizan una buena acogida por parte de mi Proteo.
     LUCÍA. -Todo eso es patrimonio de los hombres falsos.
     JULIA. -Viles serán los que de ello se sirvan para viles usos. Pero astros más bondadosos han presidido el nacimiento de Proteo. Sus palabras son el evangelio, sus juramentos, oráculos; su amor, sincero; sus pensamientos, puros; sus lágrimas, intérpretes verdaderos de su alma. Su corazón dista de la perfidia como la Tierra del Cielo.
     LUCIA. -¡Ojalá le halléis así al llegar a su lado!
     JULIA. -Lucía, por el cariño que me guardas, no tengas mala opinión de su caballerosidad. Quiérele, si en algo me aprecias. Y ven a mi cuarto para anotar cuanto sea preciso para mi deseado viaje. Dejo cuanto tengo a tu disposición: mi fortuna mis tierras, mi buen nombre. Sólo te pido, en cambio, que me avíes pronto.¡Vamos!¡Sin contestar!¡En seguida!¡Me impaciento por mi tardanza! (Salen.)

Acto tercero
Escena primera
Milán. -Antecámara en el palacio del duque
Entran el DUQUE, TURIO y PROTEO
     DUQUE. -Señor Turio, os agradecería nos dejarais solos un momento, pues tenemos que hablar sobre asuntos particulares.


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