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Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) - pág.15

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     PROTEO. -Será para mí un orgullo colmar los deberes que ese título me impone.
     SILVIA. -El cumplimiento del deber halla siempre su recompensa. Mi servidor, bien venido seáis al servicio de tan indigna dama.
     PROTEO. -La muerte daría a quien, sin ser vos, dijera eso.
     SILVIA. -¿Qué seáis bien venido?
     PROTEO. -No; que dijera que sois indigna. (Entra un CRIADO.)
     CRIADO. -Señora, mi señor, vuestro padre, quisiera hablaros.
     SILVIA. -En seguida marcho. (Sale el CRIADO.) Acompañadme, señor Turio. Mi nuevo servidor: por segunda vez, mi sincera acogida. Les dejo que hablen de sus asuntos. En cuanto acaben espero que nos volveremos a ver.
     PROTEO. -Los dos iremos a presentar nuestros respetos a vuestra señoría. (Salen SILVIA, TURIO y RELÁMPAGO.)
     VALENTÍN. -Dime ahora: ¿Cómo Siguen los que acabas de dejar en Verona?
     PROTEO. -Tus amigos bien, y te mandan recuerdos.
     VALENTÍN. -¿Y los tuyos?
     PROTEO. -Los dejé en completa salud.
     VALENTÍN. -¿Cómo está la dama de tus pensamientos, y cómo va tu amor?
     PROTEO. -Siempre te molestaron mis confidencias amorosas. Como no te gustan las conversaciones de amor...
     VALENTÍN. -Sí, Proteo; pero son otras mis ideas. He expiado cruelmente los desdenes que tuve con el amor. Emperador y dueño absoluto de todos mis pensamientos, me ha castigado con amargos ayunos y con gemidos de penitencia. He derramado lágrimas por la noche y exhalado de día dolorosos suspiros. Para vengarse de mi antiguo desprecio, el amor ha desterrado el sueño de mis ojos, haciéndoles velar las aflicciones de mi corazón.¡Oh, gentil Proteo! El amor es un señor poderoso. Me ha humillado hasta el punto que no hallo sufrimiento que iguale a sus castigos, aunque no hay placer en la Tierra comparable a la dicha de servirle. Ahora no hablo si no es de amor. Ahora puedo almorzar, comer, cenar y dormir con sólo el nombre de Amor.
     PROTEO. -Basta; se retrata en tus ojos la felicidad. ¿Es tu ídolo la persona que acabo de ver?
     VALENTÍN. -La misma; y ¿no es un ángel del cielo?
     PROTEO. -No; pero es una maravilla terrestre.
     VALENTÍN. -Llámala divina.
     PROTEO. -No quiero adularla.
     VALENTÍN. -¡Oh!, adúlame a mí, pues el amor se complace con exaltar el objeto amado.
     PROTEO. -Cuando yo estaba enfermo me dabas amargas píldoras y ahora debo yo administrártelas.
     VALENTÍN. -Entonces di sobre ella la verdad. Si no es divina, confiesa a lo menos que es la primera entre todas las mujeres, la soberana de todas las criaturas de la Tierra.


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