La Tempestad (William Shakespeare) - pág.33
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alguna cosa. No hables ahora, que, si no,
se deshace el sortilegio.
IRIS
Náyades o ninfas de undosos arroyos,
diademas de juncos e inocentes ojos,
dejad el murmullo, acudid al prado.
Os convoca Juno; ella lo ha ordenado.
Venid, castas ninfas; celebremos todas
un pacto de amor. Venid sin demora.
Entran varias ninfas.
Curtidos segadores, hartos de agosto,
dejad ya las mieses y venid gozosos.
Haced fiesta; vuestros sombreros de paja
llevad, y a una ninfa en rústica danza
tomad por pareja.
Entran varios segadores convenientemente vestidos. Se unen a las ninfas en graciosa
danza, hacia cuyo fin PRÓSPERO de pronto se sobresalta y habla.
PRÓSPERO
Me olvidaba de la infame conjura
contra mi vida de la bestia Calibán
y sus confabulados. Ya se acerca
el momento de su intriga. - Muy bien, marchaos. Ya basta.
Con un ruido extraño, sordo y confuso [los espíritus] desaparecen apenados.
FERNANDO
Es extraño. A tu padre le conturba
el ánimo alguna emoción.
MIRANDA
Nunca le había visto tan airado y descompuesto.
PRÓSPERO
Te veo preocupado, hijo mío,
y como abatido. Recobra el ánimo.
Nuestra fiesta ha terminado. Los actores,
como ya te dije, eran espíritus
y se han disuelto en aire, en aire leve,
y, cual la obra sin cimientos de esta fantasía,
las torres con sus nubes, los regios palacios,
los templos solemnes, el inmenso mundo
y cuantos lo hereden, todo se disipará
e, igual que se ha esfumado mi etérea función,
no quedará ni polvo. Somos de la misma
sustancia que los sueños, y nuestra breve vida
culmina en un dormir. Estoy turbado.
Disculpa mi flaqueza; mi mente está agitada.
No te inquiete mi dolencia. Si gustas,
retírate a mi celda y reposa.
Pasearé un momento por calmar mi ánimo excitado.
FERNANDO y MIRANDA
Os deseamos paz.
Salen.
PRÓSPERO
¡Ven al instante! Gracias, Ariel. Ven.
Entra ARIEL.
ARIEL
Me debo a tus pensamientos. ¿Qué deseas?
PRÓSPERO
Espíritu, hay que enfrentarse a Calibán.
ARIEL
Sí, mi señor. Cuando hacía de Ceres
pensé decírtelo, pero temí
que te enojases.
PRÓSPERO
Repíteme dónde dejaste a esos granujas.
ARIEL
Te dije que estaban inflamados de beber,
tan envalentonados que herían el aire
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