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Los Juegos de Azar - Capítulo 14: El Póker

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Dedico el último capítulo a mi juego favorito: el póquer. Lo considero como el más grande de los juegos porque garantiza las mismas emociones que el juego de azar, emociones que, por el contrario, no les es dado experimentar a los jugadores de ajedrez y de bridge, porque el éxito de la partida no depende de la suerte, como ocurre, por el contrario, en la ruleta y en el chemin (más aún, el póquer ofrece la oportunidad de corregir la suerte adversa por medio del farol) y, finalmente, porque permite disputar una verdadera batalla -sin exclusión de golpes- contra otros hombres, cuyas costumbres y debilidades precisa conocer.

No sé si es posible enseñar el póquer, de la misma forma que no sé si es posible enseñar a hacer el amor. Buen jugador se nace, pero sólo por lo que respecta a las aptitudes. Pero el póquer, como el arte amatorio, se aprende mediante la experiencia, a menudo, a costa de uno, con no pocas congojas y reveses. Hasta el mejor jugador tiene siempre algo que aprender, de la misma forma que el mejor amador puede aprender siempre algo de una mujer. Más aún, diré que, personalmente, prefiero enfrentarme con hombres que juegan bien y de los cuales he de temer algo, porque, la verdad, me aburriría sentado a una mesa de póquer de la que no pudiese esperar sorpresa alguna. Sí, lo sé, hay hombres a los que les place ganar sobre seguro, desplumando pollos, y que gustan de la compañía de menores ingenuas. Yo, tanto en el póquer como en la cama, prefiero a los (y a las) que saben "hacer". Tanto en uno como en otro campos -¿y qué otras cosas he amado más en la vida?- no se acaba nunca de aprender.

Las reglas de juego son conocidas y no vale la pena ilustrarlas. Antes de impartir algunos consejos, prefiero ceder por un instante la palabra al hombre del que se dice que tal vez sea el más grande jugador de póquer de los Estados Unidos: Herbert O. Hardley.

En cierta ocasión, en Washington, Hardley --que es un ilustre matemático- no encontró en su club ni una sola persona dispuesta a jugar con él. Y un amigo le dijo:

-Herbert, tú eres, sin duda, el rey del póquer. Lo hemos tenido que reconocer a nuestra costa desde que formas parte del círculo. E incluso estamos dispuestos a reconocer que no cometes jamás un error técnico. Pero has cometido un error psicológico. Jamás te has permitido el lujo de una pérdida calculada, voluntaria, a fin de permitirnos la ilusión de que es posible ganarte con ayuda de la suerte. No; como todos los científicos, estás demasiado enamorado de tus teorías para violarlas deliberadamente. Y ahora no te quedan ya más pollos por desplumar.

Hardley se declaró dispuesto a medirse contra cualquier jugador de póquer, incluidos los tahúres.

-Los tahúres -dice- no me dan miedo. Conozco todos sus trucos y creo que, ante mí, se encuentran en una situación de inferioridad. El que me da miedo es el jugador novato, inexperto, cuyas reacciones me resulta difícil calcular. Pero dos horas de juego me bastan para poderlo dominar.

El que sabe jugar al póquer tal vez tenga la impresión de que se encuentra frente a un fanfarrón. Porque conviene decir inmediatamente que Herbert O. Hardley es un matemático especializado en criptografía y que es famoso en los Estados Unidos por haber logrado descifrar la clave secreta japonesa, permitiendo al Almirantazgo norteamericano estar oportunamente informado de las instrucciones enviadas por el Alto Mando japonés a los aviones que operaban en el Pacífico. De tal modo se ganó una alta condecoración militar. Por lo demás, ya era famoso desde que Chiang Kai-shek lo llamó a Pekín, antes de la guerra, a fin de confiarle el encargo de preparar una clave secreta para los Ejércitos chinos.

-Aprendí a jugar al póquer cuando tenía dieciséis años nos dijo Hardley.

Había quedado huérfano y disponía de una herencia de doscientos dólares, que decidí invertir en el tapete verde. Había pasado ya muchas horas observando a los jugadores de póquer. Y me había convencido de que todos eran fanáticos e ingenuos, destinados inevitablemente a perder. Todos eran personas seguras de poder ganar gracias a la suerte, a la improvisación o al mucho dinero de que disponían. Por el contrario, yo no creo en la suerte, sino sólo en el cálculo de probabilidades y en la psicología.

Mis compañeros de colegio iban a jugar a béisbol, mientras yo pasaba horas y horas en las casas de juego, donde, por aquel tiempo, se admitían todas las apuestas. Había visto a muchos comerciantes de mi ciudad perder sus negocios o ganar nuevos; había visto a un viajante de comercio apostar dos mil pares de zapatos contra seis leones, los dos tigres y los restantes animales apostados por el director de un pequeño circo ecuestre; había visto a un jugador de póquer morir fulminado por la emoción al tener un póquer de ases tras haber apostado su propia granja contra treinta y dos bueyes, que fueron regularmente entregados a su viuda.

Se jugaba en el garito de Monty -llamado, precisamente, "Monty's Place"--, en una estancia escasamente iluminada, sobre una gran mesa cubierta con un paño de billar, alrededor de la cual había siete sillas de pala y siete gigantescas escupideras. Las paredes estaban desnudas. Se veía sólo un cartel que decía: "Veinte dólares de multa al que mire los descartes." Monty tomaba cincuenta cents por cada mano jugada. A cambio de ello, proveía de whisky y de cartas y vigilaba el juego.

Ningún tahúr había logrado jamás engañarlo. Y pocos jugadores lograron ganarle. En efecto, Monty participaba también en la partida. Y su suerte era tan proverbial como su honestidad. Pero, tras haberlo estudiado largamente, me di cuenta de que, si no había que reprochar nada a su honestidad, había mucho que reprochar a su "suerte". Monty no era afortunado, pero se tiraba farol tras farol, dejando creer a los ingenuos que había sido favorecido por la diosa vendada. Su sistema para domar a los jugadores noveles era simple. Durante la primera hora de juego se comprometía sólo cuando tenía cartas muy buenas, y entonces hacía apuestas fortísimas, para hacer creer que se tiraba un farol. El jugador novel, ansioso de dar una lección al famoso Monty, "veía" y, por lo general, perdía, hasta que .-después de dos o tres lecciones de este tipo se convencía incluso él de la "suerte" de Monty.

Sin embargo, yo observé un detalle. Monty tenía la costumbre de acompañar las apuestas más fuertes dando un gran puñetazo en la mesa. Pero cuando se tiraba un farol daba el puñetazo con la mano derecha, tal vez para golpear con más violencia sobre la mesa, mientras que utilizaba la izquierda cuando tenía buen juego.

Armado con esta experiencia, me senté a la mesa yo, con dieciséis años, entre todos aquellos hombres mayores y sin escrúpulos, prestos a soplarme los doscientos dólares de mi herencia-, y perdí lentamente los primeros cincuenta dólares. Luego vino la racha buena. Había abierto con dos ases (óptimo punto en Norteamérica, donde el póquer se juega con todas las cartas de la baraja), y Monty subió la apuesta declarándose servido. Cogí tres cartas, pero me quedé con dos ases. Monty apuntó el resto, o sea, una suma semejante a la que estaba ante mí; y acompañó la apuesta dando un puñetazo en la mesa con la mano derecha. Vi y gané la mano. Más tarde, Monty repitió el farol, con la misma técnica, diciendo de nuevo que estaba servido. Cogí una carta para probar un color, que no llegó. Y cuando Monty apuntó cien dólares, dando siempre un puñetazo en la mesa con la derecha, yo aposté todo el dinero que tenía delante, dado que no podía ir a ver con cinco cartas desaparejadas. Y Monty se vio obligado a pasar. Aquella experiencia me enseñó una primera regla fundamental: estudiar las costumbres de los adversarios.

No hay jugador que no se traicione con las inflexiones de la voz o con gestos involuntarios de las manos. ¿Quieren ustedes una prueba? Sigan de lejos una partida de póquer, dejándose guiar sólo por las voces de los jugadores. Al cabo de algunos minutos podrán ustedes decir quiénes son los ganadores y quiénes los perdedores. Los primeros charlan hasta por los codos, mientras que los segundos permanecen mudos, cerrados en el sufrimiento de la pérdida o en la espera de la revancha.

Tenemos luego los jugadores que se ven de pronto atolondrados cuando tienen buenas cartas en la mano, porque de tal modo tratan de sorprender a los adversarios. Otros jugadores, cuando recurren al farol, sienten la necesidad de hacer algún gesto para ocultar su emoción: ajustarse las gafas, encender un cigarrillo o tocar las fichas. Estudien ustedes estas costumbres y tendrán ya una primera ventaja sobre los adversarios.

Durante muchos años he venido escribiendo en una libreta todas las observaciones hechas sobre los jugadores con los que me encontraba cada noche durante la partida. Y, tras algunas semanas, estaba en condiciones de saber si tenían juego o se tiraban un farol. Naturalmente, para llegar a este resultado es preciso estudiar a los adversarios, aun sin perder de vista el desarrollo de la partida. Pero, ¿qué hacen todos los jugadores? En vez de estudiar a los adversarios, pierden el tiempo mirando lentísimamente las cartas para hacer más intensa la emoción del juego. Es un placer lícito para quien juega por divertirse. Pero yo juego para ganar. Y sé que es importantísimo conocer las costumbres de los adversarios e incluso el cálculo de probabilidades aplicado al póquer. Nos lo demuestra el siguiente episodio: Me encontraba en Pekín durante la guerra entre China y Japón, cuando estaba al frente del contraespionaje chino. Una noche jugué al póquer con dos pilotos norteamericanos; con mi secretario, Ling; con un experto en cañones antiaéreos y con un prófugo alemán que viajaba con pasaporte hondureño. Jugábamos con dólares chinos, que valían la décima parte de un dólar norteamericano, y jugábamos con las cartas descubiertas (“telesina”.), y sólo con la primera carta cubierta. Después de la distribución de la cuarta carta, yo tenía escalera abierta a ambos lados, y el alemán, que tenia tres cartas de oros, subió hasta diez mil dólares chinos. Una rápida mirada a las cartas expuestas me dijo que tenía más probabilidad de completar la escalera, de cuantas pudiera tener el alemán de completar el color. Y jugué. Hice escalera con la última carta, y el alemán, que había tomado otra carta, subió hasta los 30.000 dólares. ¿Tenía realmente color? Las probabilidades estaban contra él. Fui a ver y gané, porque era un farol. Había empezado a jugar con dos ases: el de espadas, cubierto, y el de oros, descubierto. Luego, habiendo tomado otras cartas de oros, intentó el farol.

Me pagó en dólares chins, que más tarde resultaron ser falsos. Como jefe del cóntraespionaje de Chiang Kai-shek, ordené una investigación en la habitación del hotel donde vivía el alemán. Había en ella un radiotransmisor, y descubrimos que el prófugo había recibido el encargo, por parte de los japoneses, de organizar un atentado contra el generalísimo. Por tanto, el farol le costó caro. Y aún hoy prefiero creer que mi amigo Ling me dijo la verdad cuando me explicó que el alemán había sido “sólo”, fusilado.
Hasta aquí, el relato de Hardley. He aquí ahora mis consejos al buen jugador, y por buen jugador entiendo, sobre todo, la persona que se da cuenta de que tiene algo que aprender y no se encoge de hombros, diciendo:

-Es inútil darme consejos, porque soy un jugador instintivo. Además, la suerte cuenta lo suyo.
Pues no, amigo mío; la suerte tiene poco que ver con el póquer. Si, podrías ver comprometido el éxito de toda una velada por un juego desafortunado; podrías encontrarte con póquer de dieces (o sotas) de mano y ver cómo te gana alguien que te ha seguido con dos damas y ha tomado otras dos. O podría transcurrir (si bien es improbable) toda una velada sin cartas o, peor aún, viendo siempre tus puntos superados por los de los adversarios. Sí, estas cosas les ocurren a todos. Pero una, dos, diez veces, no siempre. Si juegas una vez al año, tal vez puedas contar con la suerte. Pero si juegas a menudo, debes saber que, a la larga, todos los jugadores reciben las mismas cartas. Hay quien sabe explotarlas y gana. Y hay quien no sabe explotarlas (o no sabe defenderse) y pierde.

Si crees que el éxito de la partida depende de la suerte, sólo te doy un consejo: juega a la ruleta, pero no te arriesgues a hacerlo en una mesa de póquer, donde podrías encontrar hombres que tienen convicciones contrarias a las tuyas y que, más tarde o más temprano, te darían una dura lección. Por otra parte, ¿qué es la suerte? Me dirás: tener buenas cartas. Y ¿cuáles son las buenas cartas? Respóndeme tú. ¿Qué es mejor? ¿Tener cuatro ases de mano y encontrarse frente a un adversario con escalera real o, en el mismo orden de ideas, tener sólo dos seises? O ¿qué es mejor? ¿Tener un color, mientras todos los demás no tienen ni siquiera una doble pareja, o bien tener una pareja de ases y encontrarse con un adversario que tiene pareja de reyes? Las respuestas son obvias.

En el póquer no son los puntos los que cuentan, sino las situaciones, o sea, la relación entre tu punto y los de los demás jugadores. Y ¿cuántas veces un mal jugador no sabe explotar la situación, cuántas veces ha de decir: `Tenía color y nadie quiso "verme""? Pero no se pregunta si se habrá equivocado, si habrá subido demasiado fuerte: él, que es conocido por jugar sólo cuando tiene buenas cartas en la mano y que pone en guardia a todos los adversarios tan pronto como sube el envite, porque se sabe que raramente tiene valor para tirarse un farol.
Y ¿cuántas veces no oye decir uno al mal jugador: "Tenía full de ases y me ha ganado un color. ¡Qué mala pata "? Sí, ha sido una jugada desafortunada. Pero el mal jugador, que había abierto de última mano con una apuesta muy fuerte, ¿por qué no se ha alarmado al ver que ha querido participar también en la baza un adversario que no había abierto de tercera mano? "Tal vez pretendía reunir escalera", dirá él. Y esto podría ser cierto. Pero si la partida es disputada a cinco (y con cinco las probabilidades de hacer escalera --incluso abierta a ambos lados- no son tales como para estimular la entrada en un fuerte envite, mientras que vale la pena intentar el color), ¿se ha preguntado el mal jugador si su adversario no habrá ido precisamente por color? Y ¿por qué ha subido tanto, apostando una enorme suma? Porque tenía full de ases y se creía imbatible. Pero no pensó que su adversario podía ganarle. Y, sobre todo, no tuvo en cuenta que su adversario no había abierto de tercera mano y que, por tanto, probablemente, había ido por color y, en consecuencia, no iría a ver si no hubiese cerrado. ¿Qué utilidad tenia, pues, subir tanto?


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