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Los Juegos de Azar - Capítulo 13: Ruleta: Las casas de juego

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Al entrar en una casa de juego en Montevideo o en Mar del Plata, un especialista europeo del juego de azar experimenta una indignación semejante al que sentiría un experto del fútbol al que le tocase asistir a un partido en el que se permitiese chutar a puerta en posición de offside e incluso coger la pelota con las manos. Una indignación no inferior a la de un apasionado a las carreras de trotones que viese que no desalifican a los caballos cuando "rompen".

Sin embargo, y al primer golpe de vista, no he tenido más remedio que anotar cuatro puntos en favor de los casinos de la América latina respecto a las casas de juego europeas. Y son, precisamente:

1) Para entrar en las salas no hay que exhibir documento alguno.
2) La entrada cuesta poquísimo en Uruguay y Argentina.
3) Se puede participar en el juego en mangas de camisa y sin corbata, por lo menos hasta las 8 de la noche, en que la chaqueta es de rigor. Pero no es preciso llevarla. Basta que se la pongan a uno los empleados, que se la prestan a los jugadores que no la tienen; y soportarla con el mismo aire aburrido que se ve en algunos abogados cuando son obligados a ponerse la toga.
4) Nadie da propina a los croupiers.

Otra sorpresa: las fichas no se compran en caja, sino directamente a los croupiers. Y cuando se trata de cambiar el dinero por fichas, a menudo oye uno cómo el empleado al que se ha dirigido le dice:
-No tengo color.

Esto significa que no tiene fichas por vender. Porque en las casas de juego de la América latina, cada jugador recibe fichas de un determinado color -rojas, blancas, amarillas, verdes, etc.-, y sus ganancias son pagadas sólo con las fichas de su color correspondiente. Se trata de una disposición adoptada para evitar las discusiones entre los jugadores. El que utiliza fichas amarillas, sabe que ningún otro jugador podrá reclamar como suya una ganancia obtenida sobre un número en que estén apostadas fichas amarillas. Sin embargo, el jugador debe permanecer siempre en la misma mesa, porque si cambiase de mesa, crearía confusión en otra ruleta en la que el monopolio del amarillo pertenece a otro jugador.

Además, en la América Latina, sólo los vejetes de corazón débil apuestan a combinaciones simples, columnas, decenas, sextenas, tercenas y carrés.

Todos los demás jugadores apuestan exclusivamente a números en pleno o, como mínimo, a caballos. Dado que las fichas son siempre de bajo valor -por lo general, de veinticinco centavos-, cada jugador apuesta muchas a la vez al mismo número, de modo que sobre la mesa se forman pirámides y columnas de todos los colores. Y, tras el rien va plus, cada mesa aparece recubierta de bellísimas montañitas abigarradas.

Cuando se ha detenido la bola, cuatro habilísimos croupiers rastrillan las fichas perdedoras y las pasan a dos colegas, cuya única misión es la de agruparlas por colores al objeto de facilitar el pago a los ganadores, lo cual supone cada vez el desembolso de gran número de fichas. Por ejemplo, para pagar una ganancia de 35 pesos, obtenida gracias a cuatro fichas de 25 centavos apostados al número que ha salido, hay que entregar al jugador 140 fichas, como es natural, todas del mismo color. Naturalmente, también hay fichas de alto valor, pero raramente son empleadas, ya que los jugadores tienen tendencia a almacenarlas, o sea, a no apostarlas, lo cual no gusta mucho a los administradores de las casas de juego.

Siempre se juega de pie. Y hay que luchar de firme para acercarse a las mesas, siempre rodeadas por una gran multitud de jugadores. En Mendoza, ciudad argentina de más de cien mil habitantes, vi en cierta ocasión --era un día ferial- mucha más gente en torno a la ruleta de la que pueda encontrarse en una noche de gala en las salas de San Remo. Eran pequeños empleados, mujeres modestamente vestidas, obreros, mozos de hotel y conductores de autobús todavía de uniforme. Era la cotidiana evasión de toda una ciudad.

En Cuba, Fidel Castro cerró al principio las casas de juego, pero luego ordenó que se abrieran de nuevo en vista de la manifestación de protesta llevada a cabo por los croupiers, músicos y entraineuses que se habían quedado sin trabajo. Luego las hizo cerrar de nuevo, para volverlas a autorizar posteriormente y cerrarlas otra vez de manera definitiva. El "Tropicana", el "Capri", el "Comodoro", el "Sans Souci", el "Montmartre", el "Saint Johns's", el "Riviera" y el "Nacional", salas en las que pasé tantas horas la primavera de 1961, inmediatamente después del fallido desembarco en la isla de los prófugos cubanos. Pero recuerdo que también por aquellos días, en que los milicianos iban, por calles y plazas, aullando su odio contra los norteamericanos, el control de los juegos de azar seguía en manos de algunos norteamericanos: Charles Tourine, Santo Trafficante - ¡qué bonito nombre profesional! -, Joseph Silesi y Meyer Lansky.

Si observa uno a los jugadores de Chemin, comprueba que en torno a cada mesa se sientan veinte personas y que ninguno de los jugadores tiene la Banca, aunque el sabot pasa de mano en mano, como en Europa. El que tiene la Banca es siempre el administador de la casa de juego. Y el jugador que, por turno, reparte las cartas, lo hace por cuenta de la casa de juego (y está obligado a seguir la regla). Ello significa que puede jugar también "a punta" mientras reparte las cartas. Y significa también que todos los jugadores pueden apostar a la Banca. Si ganan "a punta", reciben duplicada la apuesta. Si ganan a la Banca, deben pagar el 5% de lo ganado.

Los turistas que otrora inundaban los garitos de Cuba, van ahora a jugar a otros casinos esparcidos a lo largo de los mares cálidos. En San Juan de Puerto Rico está de moda "La Concha", donde se puede entrar hasta en bañador. Los millonarios van a "Ocho Ríos", en Jamaica, que posee también el que tal vez sea el hotel más lujoso del mundo: el "Frenchman's Cove", que ofrece a sus huéspedes pequeños bungalows en los cuales cada pareja tiene a su disposición un mayordomo, una camarera y una cocinera. Y donde puede pedir cuanto champaña quiera y cualquier especialidad culinaria-, sin que le aumenten la cuenta ni un céntimo. En efecto, la estancia es a precio fijo.

En Las Vegas (Estado norteamericano de Nevada) se juega las veinticuatro horas del día. "Nuestras casas de juego no cierran nunca sus puertas", proclaman, orgullosamente, los propietarios, que gastan sumas fabulosas para asegurar a los nights anexos a los casinos espectáculos de gran categoría, al objeto de atraer a los turistas de toda la América Septentrional. Ora es Marlene; ora el cuerpo de baile del Casino de París, con sus maravillosas indumentarias (y, más a menudo, sin indumentaria alguna); ora Frankie, o sea, Frank Sinatra, que es también copropietario de una casa de juego; ora algún otro famoso artista, el cual entretiene y ameniza las cenas-baile, que ofrecen la ventaja de costar sólo algunos dólares.

Además, las casas de juego financian algunas Compañías de aviación para que concedan grandes descuentos a cuantos quieran trasladarse a Las Vegas por vía aérea. Como es natural, lo que interesa es atraer a los turistas a las casas de juego. Y Las Vegas, aprovechándose del hecho de que Nevada es el único Estado norteamericano en el que está permitido el juego de azar, posee una población constante de, por lo menos, 400.000 habitantes, aun teniendo sólo 55.000 ciudadanos como tales. La diferencia la tenemos en los jugadores, que van a vivir a los grandes hoteles de lujo que se levantan a lo largo de la Fremont Street, donde también la estancia es ofrecida a precios increíblemente bajos.

Pero la verdad es que en la fabulous Las Vegas no hay casas de juego propiamente dichas, sino que se juega en todos los hoteles. En las gambling halls, aparatos de televisión de circuito cerrado, siguen todas las fases de las partidas, para permitir un eficaz control sobre la regularidad del juego. Los norteamericanos prefieren los dados, el póquer, el black jack e incluso el bingo (tómbola), a las ruletas que tienen dos ceros.

Y les gustan, sobre todo, las slot machines, esas maquinitas automáticas que, en los Estados Unidos, son llamadas "bandidos de un solo brazo". El brazo es la palanca que los jugadores, tras haber introducido medio o un dólar de plata en la maquinita, mueven con gesto mecánico, en la esperanza de ver salir la combinación ganadora, lo cual no ocurre casi nunca..

En las muchas horas pasadas en las casas de juego de todo el mundo, jamás he visto espectáculo más humillante y envilecedor que el de los jugadores haciendo cola ante los "bandidos de un solo brazo", metiendo en la máquina moneda tras moneda y moviendo la palanca incansablemente, desde la mañana a la noche, y desde la noche hasta la mañana.

La mayoría de los jugadores llega a Las Vegas en avión. Y no hay azafata que no repita un viejo e ingenioso proverbio y, cuando la ciudad está a la vista, en vez de decir Fasten your seat belt (abróchense los cinturones de seguridad), no diga Fasten your money belt (abróchense los cinturones del dinero), porque aún hay gente en Norteamérica que lleva su dinero en una correa bien apretada en torno a la cintura.

Se juega en el "Sahara", en el "Desert Inn", en el "New Frontier", en el "Pioner Club", en el "Golden Nuggett", en el "Flamingo" y en el "Sands". En este último local, Nick el Griego jugó a los dados tres días y tres noches seguidos. Como ya he dicho, muchos de estos locales están al lado de los hoteles. Pero no hay hotel que acepte reservas para más de tres días. El que quisiera permanecer más tiempo, sería sospechoso de ser un turista, no un jugador.

Gracias al juego, los ciudadanos de Las Vegas tienen una renta per cápita superior a la de los ciudadanos de Nueva York. Naturalmente, Las Vegas se vanagloria de ser también la ciudad más informal de los Estados Unidos, la menos conformista. Come as you are, le dicen a uno los porteros con uniformes de galones (o vestidos cow-boys) de las casa de juego: entre, si le place, en calzoncillos y en mangas de camisa. Y proceda como le dé la gana, hasta siguiendo, si quiere, el ejemplo de John el Largo, un famoso jugador que despachaba ante la mesa verde todos sus asuntos, tenía dos secretarias de pie tras él y hacía ir al sastre al casino a probarle los trajes.

Y recuerde que todo está permitido en Las Vegas.

Si tiene usted ganas de casarse, puede elegir entre ocho capillas abiertas día y noche, donde, en media hora, y sólo por siete dólares de gasto, es posible tomar esposa, sin formalidad alguna. Y si no tiene intenciones matrimoniales, recuerde que, en la ciudad, la prostitución no es sólo tolerada, sino incluso estimulada. De la misma forma que es tolerado, en muchos locales nocturnos, el destape integral. Y también estas cosas atraen a más de diez millones de personas al año.

En Las Vegas se juega hasta en la cárcel, y con el permiso del director de la misma.

-Teniendo en cuenta que el juego es tolerado en Nevada, no veo por qué debería negar a los detenidos el derecho a probar suerte. De todas formas, lo harían a escondidas -me dijo, en cierta ocasión, el director de la cárcel, Art Bernard, que permite a los condenados tener la luz encendida hasta las 3 de la madrugada para jugar al póquer o al black jack. Los carceleros hacen de croupiers e incluso se quedan con el 10 % de las ganancias, que va a parar a un fondo para el equipo de baloncesto de la cárcel-. Tal vez sea la mía la más honesta casa de juego del mundo -concluyó.

También Reno, la capital de los divorcios, se halla en Nevada, y posee garitos no menos famosos que las gambling halls de Las Vegas. El casino más famoso de Reno es el "Harrah's Club", que tiene una sucursal en el lago Tahoe. Su propietario es William F. Harrah, un hombre que se ha gastado casi 20.000 dólares en un estudio, realizado por algunos psicólogos, sobre la mentalidad de los jugadores. Y ha utilizado los resultados de la encuesta para la compilación de los anuncios publicitarios con los que atrae a los clientes a sus garitos.

-Se trata -le han recomendado sus consejeros- de quitar a los hombres la preocupación de que las mujeres les reprochen el probar suerte en el juego.

He aquí por qué Harrah eligió para la filial de su casino el lago Tahoe, que se halla en los límites con California y es una estación climática. Los jugadores pueden ir a ella con el pretexto de someterse a un tratamiento y pueden enviar a los amigos postales de California, de modo que nadie sepa que han entrado en Nevada, Estado que no goza de óptima reputación.
El “Harrah's Club” tal vez sea la única casa de juego en el mundo que no tiene paredes. Han sido sustituidas por unos visillos transparentes que permiten a los transeúntes seguir desde la calle el juego y oír el tintineo de los dólares de plata. En los garitos de Nevada se juega casi siempre con dinero, no con fichas, empleando monedas de dólar y de medio dólar, que cada día son transportados en furgonetas blindadas desde los Bancos hasta las casas de juego.

Los propietarios de los garitos tienen siempre a punto centenares de automóviles para transportar gratuitamente los jugadores a Reno, y poseen una flotilla de quitanieves, para mantener siempre limpias las calles y carreteras incluso durante las tempestades de nieve. Además, han organizado círculos de jugadores y de jugadoras, que tienen derecho a un descuento sobre las pérdidas. Estos jugadores se colocan en torno a una mesa reservada -pero sin sentarse, porque en las gambling halls no hay sillas-, y los croupiers les rembolsan la mitad de las pérdidas, sólo en las tres primeras apuestas. Como es evidente, se trata de un expediente para atraer a muchas personas a participar en el juego.

Nevada -que es el penúltimo de los Estados norteamericanos en lo tocante a población- se embolsa 8 millones de dólares por mes sólo en permisos de juego, y saca muchos centenares de millones de dólares de los gastos hechos por los jugadores durante su estancia en Las Vegas, Reno o el lago Tahoe.

Las casas de juego del Oriente Medio no ofrecen nada de particular. La más conocida es la del Ubano, en la carretera entre Beirut y Trípoli, sobre un acantilado que cae a plomo sobre el mar. Antes de la sangrienta guerra civil, atraía a los jeques y a los emires enriquecidos con el petróleo, y a las bellas mujeres europeas atraídas por los jeques y por los emires, esas bellas mujeres que, a menudo, desaparecen en un harén de la Arabia Saudí o de algún pequeño principado, sin que se lleguen a tener más noticias de ellas. De esto saben algo los cónsules de Austria y de Alemania, de Dinamarca y de Finlandia.

Las casas de juego egipcias fueron organizadas por un grupo de financieros italianos, quienes empezaron por abrir un casino en una de las villas pertenecientes al ex rey Faruk -la de Alejandría, rodeada por un jardín encantador y por muchas playitas secretas-, con la esperanza de ver afluir forasteros de todas las partes del mundo y miembros de la rica colonia extranjera (griegos, italianos, libaneses, franceses e ingleses) de El Cairo y de Alejandría. El asunto de Suez los arruinó. Por Nasr confiscó luego los bienes de los extranjeros y de los egipcios ricos. Quedan sólo los turistas de paso. He aquí porque languidece hasta el casino construido sobre las rojas y polvorientas colinas de Mokattan, que dominan El Cairo.


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