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Los Juegos de Azar - Capítulo 12: Ruleta: Los Croupiers - Pág. 2

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Por lo general, el juego debe terminar a una hora establecida. En primer lugar son cerradas las mesas del treinta y cuarenta -juego en el cual el casino tiene los beneficios más bajos-, luego, las de la ruleta, una a una, a menos que la dirección decida que prosiga el juego más allá del horario establecido. Para el chemin no hay horario. Y, como ya he dicho, en ocasiones acaba muy tarde.

Durante el desarrollo del juego de la ruleta, dos de los cuatro croupiers sentados hacia el centro de la mesa rastrillan las fichas perdedoras y las alinean en torno al cilindro, dividiéndolas de acuerdo con su valor, mientras los otros dos pagan las fichas ganadoras. Los dos bouts de table tienen la misión de vigilar a los jugadores, colocar las apuestas de los anuncios sobre los números más cercanos a ellos, facilitar el rastrillado de las fichas perdedoras y marcar los pagos debidos por las ganancias sobre las docenas y las columnas.

Cuando hay mucho juego y se requiere mucho tiempo para el pago de las ganancias, puede ocurrir que en una hora se jueguen sólo cuatro o cinco tiradas, o sea, que -como se dice en jerga- se hagan sólo cuatro o cinco boules.
Cuando el croupier encargado de lanzar la bola está a punto de acabar su turno, este solemne acontecimiento es anunciado con las palabras:
"A la próxima tirada pasa la mano."
Y, a la tirada siguiente, se proclama:
"Pasa la mano."

Cuando advierten algo irregular, los croupiers dan aviso de ello al jefe de mesa, el cual, utilizando a menudo signos convencionales, llama la atención de un inspector. Lo mismo se hace, por prudencia, cuando un jugador hace apuestas de muchos millones.

Durante el desarrollo del juego, los croupiers no tienen muchas posibilidades de intentar estafar a la casa de juego. Más fáciles resultarían los robos durante el recuento de los billetes de la Banca (que no se han de confundir con los billetes de Banco cambiados en caja), que cambian a los jugadores los croupiers durante el desarrollo de la partida. En San Remo, hace algunos años, el representante del Ayuntamiento -que debe asistir al recuento descubrió a un croupier con algunos billetes de 10.000 liras escondidos en el cuello.

- ¡Pobrecillo! Parecía que tenía tortícolis -me explicó el representante del Ayuntamiento.

En otra ocasión se encontró un pequeño tesoro en el fondo de los calzoncillos de un croupier que los había embutido con los billetes de Banco robados durante el juego.
-Lo sospeché -dijo el representante del Ayuntamiento- cuando vi que llevaba calzoncillos largos, lo cual advertí cuando se arremangó los pantalones para ponerse bien un calcetín. Era el 20 de julio...

Para evitar el robo de fichas y de billetes de Banco, las indumentarias de los croupiers llevan sólo dos bolsillos: uno, detrás, en los pantalones, y otro, arriba, en la chaqueta, para meter el pañuelo y la pluma estilográfica, que causa un extraño efecto en el smoking, pero que los croupiers necesitan para firmar el visto bueno que acompaña a las fichas de elevado valor que son confiadas a los empleados para que vayan a caja a cambiarlas por otras de menos valor. Por el contrario, el jefe de mesa lleva un smoking normal, o sea, con todos los bolsillos.

En el chemin de far, el croupier no debe coger nunca las cartas con la mano; para hacerlo utiliza una paleta de madera. En otro tiempo, las señoras eran invitadas a no utilizar el espejito mientras jugaban, dado que en el mismo se pueden reflejar las camas. Pero ahora los jugadores son obligados (por lo menos, en los casinos) a seguir la "regla". Si no la conocen, deben seguir las instrucciones del croupier. En consecuencia, las señales de un eventual compinche podrían servir sólo cuando el banquero es libre de tirar o plantarse, o sea, cuando, teniendo cinco, da un cuatro al apostante, o cuando teniendo tres da un nueve. En tales casos le convendría saber qué puntos tiene el adversario. (En un solo caso, el apostante es libre de jugar como quiera: cuando tiene cinco y puede elegir entre plantarse o pedir carta. Pero ha de tomar la decisión antes de que el banquero haya descubierto sus propias cartas; por tanto, no podría acudir en su ayuda un eventual compinche.)

Una vez acabada la partida, las cartas son contadas y comprobadas, para verificar si se han metido en el sabot cartas extrañas o si han sido marcadas. Ya ha ocurrido que un tahúr marcara todos los ochos y nueves, de modo que cuando se daba cuenta de que la primera carta era un ocho o un nueve, evitaba pedir Banca. Francia -que es el mayor productor europeo de material para el juego de azar- obliga a los casinos a comprar a través del Ministerio del Interior las cartas, los dados y las ruletas, que son de bronce y pesan 8O kilos.

El interventor general Cahen, jefe de la "Police des jeu", encargada de vigilar los casinos, los círcu los privados y los hipódromos --o sea, en total, 532 lugares de juego y apuestas-- hace seguir a sus hombres un curso de 18 meses y les prohibe aceptar (lo cual les permitía su antecesor) la hospitalidad de los casinos, que pagaban las cuentas de los hoteles e invitaban a cenar a los inspectores. Teóricamente, los inspectores no deberían aceptar ni siquiera un café. Sin embargo, a veces han de estar de pie toda la noche. Y en Montecarlo, el juego no decae ni un instante.

El círculo privado más conocido y lujoso es, en París, el "Grand Circle", en la rue Presbourg, a dos pasos de la Place Charles de Gaulle, como se llama ahora la Place de l'Etoile. Se juega en él al chemin, al baccará (con apuestas máximas de 40.000 francos) y al écarté, un juego para personas refinadas, que se divierten desafiando al banquero o luchando entre sí. Los viejos socios se retiran a veces a un saloncito -para echar un póquer o jugar una partidita de backgammon. El chemin y el baccará se inician a primera hora de la tarde, y, hacia las ocho, los camareros ofrecen a los jugadores salmón, caviar, pastas saladas y champaña.. Hacia las nueve se suspende la partida de baccará. y los jugadores bajan al restaurante. -circuido por un parque privado , donde se encuentran con sus esposas o con sus amigas, dado que las mujeres no pueden poner los pies en las salas de juego y han de esperar en el bar o en el saloncito de la televisión. Para hacerse socio hay que ser presentado por otro socio, aunque la inscripción es gratuita. Y también son gratuitas casi siempre las comidas y las cenas, incluso para los invitados del jugador, el cual, al pedir la cuenta, oye a menudo cómo le dice el mayordomo:
-Monsieur, vous étes invité.

Pero no son invitados los jugadores que van al círculo sólo para hacer modestas apuestas. El restaurante es dirigido por los dueños de la casa de juego, quienes administran asimismo el chemin, mientras que tienen arrendado el baccará a un fuerte grupo financiero (un "sindicato"), uno de cuyos representantes tiene Banca. Y los dueños del círculo tienen interés en atraer el mayor número posible de jugadores. De aquí la explicación de las invitaciones a cenar.

En Montecarlo, sobre una de las terrazas que descienden hacia el mar, justamente detrás del casino, un pequeño helicóptero está siempre a punto de volar hacia otras ciudades de la Costa Azul para transportar a las personas repentinamente asaltadas por el deseo de probar suerte en la más famosa casa de juego del mundo. Basta una llamada telefónica, como se hace para solicitar el envío de una ambulancia o pedir ayuda a los bomberos, y el helicóptero despega del pañuelo de grava en que se hallaba posado y sobrevuela las aguas del Principado para correr hacia el encuentro de aquellas almas en pena.


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