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Los Juegos de Azar - Capítulo 12: Ruleta: Los Croupiers

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"Ahora hemos de hacer media hora de conejo..." "Cuidado con aquel tipo; me parece que quiere asar... "

He aquí algunas de las misteriosas expresiones adoptadas por los croupiers, que se sirven de una jerga secreta para que no los entiendan los jugadores. "Hacer media hora de conejo" significa prolongar el juego más allá del horario previsto (tal vez porque los croupiers se comportan como conejos cuando no se rebelan a la imposición de hacer horas extraordinarias?). Asar significa robar. Las personas que asan tratan de apoderarse de las fichas pertenecientes a otros jugadores.

En jerga, rastrillar las fichas se dice "hacer la ensalada"; y "preparar el budín" significa ordenar las fichas en torno al cilindro de la ruleta.

Otra bonita frase, aunque no en jerga: "Todos los jugadores son iguales ante la cagnotte."

A veces (aunque muy raramente) los croupiers pueden servirse de algunos trucos para desplumar a los jugadores. El expediente adoptado con mayor frecuencia consiste en "hacer subir la cagnotte", y se efectúa, en el chemin, cuando el croupier toma de la suma ganada por la Banca un porcentaje superior al 5% vio que corresponde por derecho a la casa. Sólo los jugadores muy hábiles en matemáticas pueden darse cuenta de ello. Y pueden darse cuenta sólo cuando la Banca es pedida en pleno, o sea, cuando se sabe con exactitud qué suma hay apostada.

Pero pongamos, por ejemplo, el caso de que en la Banca haya cinco millones y no sea pedida. En la mesa se ven numerosas apuestas que oscilan entre las 1.000 y las 10.000 pesetas. Si gana el banquero, el croupier debe rastrillar todas las apuestas y contarlas, tanto para determinar el porcentaje de la cagnotte, que inmediatamente es sustraída de la ganancia, como para establecer la entidad de la Banca siguiente, que deberá corresponder a una suma doble de la que el banquero ha ganado, deduciendo la cagnotte. Si, por ejemplo, se han apostado tres millones, la Banca sucesiva será de seis millones, y de los dos millones restantes (la Banca, era, recordémoslo, de cinco millones), el croupier deducirá la cagnotte sobre los tres millones apostados, o sea, 150.000 pesetas, restituyendo al banquero 1.850.000 pesetas. Imaginemos ahora que el croupier quiere subir la cagnotte en favor de la casa de juego. Contando las apuestas, anunciará que eran de 2.800.000 pesetas (y no de tres millones); meterá en la caja de la cagnotte las 200.000 pesetas de diferencia, más el 5 % de porcentaje sobre los 2.800.000. Esto parece difícil, pero no debe olvidarse que muchos croupiers tienen una habilidad de prestidigitadores, y que los jugadores, dominados por la pasión hacia las cartas, están distraídos y no se dan cuenta de lo que ocurre en torno a ellos.

No me consta que se hayan intentado en las casas de juego italianas estafas de este tipo. Por el contrario, han sido víctimas de las mismas los jugadores que intentaban probar suerte en ciertos círculos privados sospechosos, cuyos administradores se servían de croupiers deshonestos, que, a menudo, eran personas despedidas de los casinos por razones sobre las cuales serla oportuno indagar.

Por otra parte, en las casas de juego autorizadas, los croupiers son pagados muy bien, tienen derecho a jubilación y su trabajo no comporta ni excesiva fatiga ni grandes responsabilidades (por lo general, los responsables suelen ser el jefe de mesa y los inspectores). En consecuencia, no tienen interés en arriesgar una buena carrera intentando defraudar a los jugadores, los cuales estarían dispuestos a denunciarlos si se diesen cuenta de la estafa, o intentar robar pequeñas sumas, perjudicando de tal forma a los administradores del casino.

Sin embargo, en algunas casas de juego cuya administración dejaba mucho que desear, algunos croupiers han tenido la impresión de poder intentar impunemente alguna trampilla, y no han sabido resistir la tentación de llevar a cabo algunos sucios trucos. En realidad, el croupier se siente cohibido únicamente cuando advierte que es controlado por un inspector que sabe más que él. Pero si el administrador no es un profesional, o sea, si no ha sido cocinero antes que fraile, y ha sido empleado únicamente por ser amigo personal del administrador, entonces el croupier cree que puede hacer lo que le venga en gana.

En muchos casos, el administrador ha preferido sofocar el escándalo, entre otras cosas, por miedo a que los jugadores abandonen las salas de juego. Y en otros casos ha cerrado los ojos no sólo ante robos graves -en 1955, un empleado fue sorprendido por un policía de paisano con una ficha de 500.000 liras escondida en la manga-, sino también ante graves irregularidades. Por ejemplo, el reglamento interno establece que cuando un jugador está ganando sumas muy elevadas, se comunique inmediatamente el hecho al administrador. Más no para que pueda impedir al jugador seguir apostando -lo cual iría contra los intereses de la casa-, sino para que pueda comprobar si el juego se está desarrollando regularmente. Por el contrario, ha ocurrido que un jugador ha ganado hasta diez millones sin que el jefe de mesa diese la alarma.

He aquí ahora la jornada diaria de un croupier: 10,15 horas. Estamos en la portería reservada a la entrada del personal del casino. Entran los componentes de los equipos destinados a la apertura, o sea, a iniciar el juego en las dos primeras mesas. Tras marcar en el reloj que justifica la presencia, entran en sus vestuarios, donde cada croupier dispone de un armarito, y se ponen su smoking. Si necesitan que les arreglen las manos, llaman a la manicura puesta a su disposición por el casino. Finalmente, se dirigen al bar, donde los jefes de mesa proveen a la composición de los dos primeros equipos y registran los nombres de los componentes en un módulo que es enviado al inspector de turno.

Un equipo procede al recuento de la cagnotte y de las propinas de las partidas del chemin de fer, que, a menudo, terminan al alba e incluso cuando el Sol está ya muy alto. Acabado el recuento, el jefe de mesa asigna sus respectivos puestos a los croupiers. Dos croupiers se sientan en los dos extremos de la mesa (y son llamados bouts de table), y los otros cuatro, en torno al cilindro, mientras que el jefe de mesa ocupa su lugar en una silla más alta, ya que tiene la responsabilidad de la marcha del juego y debe estar en condiciones de vigilarlo desde arriba. Frente a él, de pie y mezclado entre los jugadores, suele encontrarse el representante del Ayuntamiento.

Un croupier da inicio a la partida diciendo:
-Messieurs, à la première.

Los croupiers sentados junto al cilindro lanzan por turno -media hora cada uno- la bola blanca de marfil (cada mesa tiene dos bolas a su disposición). Un séptimo empleado, con funciones de tornant, da el cambio a cada uno de los seis croupiers, cada cuarto de hora. En los turnos de reposo, necesarios para lavarse las manos y para tener frescos los reflejos, los croupiers descansan en los locales reservados para los mismos, y, a veces, juegan al ajedrez.

A la mesa del chemin se sienta un solo croupier, ayudado por un cambista, el cual permanece de pie. En la mesa del treinta y cuarenta ocupan su lugar cinco croupiers y un jefe de mesa.

Es un oficio que requiere óptima salud, nervios de acero y certificado de penales bien limpio. Una escuela oficial para el aprendizaje del oficio se encuentra en Montecarlo, cuyos dos casinos dan trabajo a algunos centenares de croupiers. Para ser admitidos en dicha escuela es necesario haber cumplido los veinticinco años y no haber rebasado los cuarenta. Además, hay que someterse a algunos exámenes médicos, que atienden, en especial, a la agilidad de las manos: son preferidos los candidatos de largos dedos. Todo candidato debe demostrar tener aptitudes para el cálculo mental rápido.

Los profesores son elegidos entre los croupiers de más edad, los cuales explican a los alumnos los trucos del oficio, el arte de aceptar los anuncios (que, en Montecarlo, pueden hacerse en francos o en luises, si bien esta última moneda de oro no se halla en circulación desde hace casi medio siglo). Otra tradición, poco caballeresca, requiere que los croupiers se dirijan a los jugadores llamándolos siempre messieurs, aun cuando en la mesa estén sentadas sólo señoras. Es una tradición que se remonta a los tiempos en que era inadmisible que una dama noble se pudiese interesar por el juego de azar.

Los cursos duran de seis a ocho meses, y durante este período los alumnos son empleados -y recompensados- por el casino para desempeñar algunos trabajos modestos durante las horas libres de clase.

Al llegar a los sesenta y cinco años, los croupiers tienen derecho a la jubilación. Y, por lo general, al alcanzar esta edad han logrado acumular unos buenos ahorros. Porque el suyo es un oficio que presenta una gran ventaja: los mantiene apartados del juego.

En Viena existe también una escuela para jugadores de ruleta, dirigida por Herr Fritz Hugl, quien ilustra sus sistemas en un curso de seis lecciones. Sus honorarios son modestos. Sin embargo, creo que Herr Hugl es una de las pocas personas que han encontrado un sistema seguro para enriquecerse con el juego.


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