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Los Juegos de Azar - Capítulo 11: Ruleta: Los Jugadores - Pág. 4

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Sir Williams Hapwood, que una noche no pudo entrar en la sala del "Sporting" porque iba vestido de smoking y no de frac, como estaba prescrito por aquel tiempo, y dio orden a sus agentes de que compraran el “Sporting.” Pero no logró concluir el negocio... Lord Salisbury, ministro de Asuntos Exteriores, que vio cómo lo ponían de patitas en la calle porque no llevaba el pasaporte, y se puso a gritar inútilmente:

-¡En mi país soy yo el que da los pasaportes!

Luego se retiró a un pueblo en territorio francés, donde más tarde se dignó aceptar las excusas de una delegación diplomática llegada del Principado de Mónaco... Y que una vez, mientras paseaba por los jardines del casino, oyó disparos y dijo:
-No creía que tantas personas se quitasen la vida después de haberse arruinado en el juego.

(Pero nadie tuvo el valor de decirle que detrás del casino se estaban desarrollando las
pruebas de tiro al pichón...)

Bill Darnborough, uno de los pocos hombres que se han enriquecido en Montecarlo (y no por méritos propios). Apostaba sólo al 29 y a las combinaciones de este número, y llegó a ganar un millón doscientos mil francos oro. Luego se enamoró de una muchacha, que accedió a casarse con él sólo si dejaba de jugar. Y así se .salvó...

Charles Deville Wells, que ganó dos millones de francos de oro y abandonó de noche Montecarlo para no correr el riesgo de caer en la tentación. Cuando llegó al casino la noticia de su partida, Camille Blanc dijo:
-No tengan ustedes miedo. Es dinero prestado. Volverá.
Y volvió. Tardó sólo tres días...

Y, naturalmente, Faruk, que hacía colección de las fichas de todos los casinos del mundo, renunciando a cambiarlas. ¿Adónde habrán ido a parar? ¿Serían secuestradas por Nasser, junto con la famosa colección de fotografías y estatuillas pornográficas?

Madame Betantort, que empleaba a cuatro secretarios para que siguieran las apuestas en cuatro mesas a la vez, mientras ella jugaba en una quinta mesa, y que suspendíaa el juego el trece de cada mes, imponiéndose el sufrimiento de asistir a las partidas sin hacer una sola apuesta...

Madame Fort, que llevaba consigo una cajita, pintada mitad en rojo y mitad en negro, en cuyo interior iba un abejorro que, al desplazarse, ora al negro, ora al rojo, indicaba a su dueña el color por el que había de apostar...

El pastor luterano Charles Tron, el cual sostenía que en Montecarlo podía hacer entonar sólo los himnos marcados con un número superior al treinta y seis, porque si durante la función invitase a los fieles a cantar el himno número ocho o veintiséis, los vería desaparecer corriendo para ir a apostar al ocho o al veintiséis.

Arthur de Rothschild, que apostaba sólo al cero y al diecisiete... mientras que Cornelius Vanderbilt apostaba siempre 40.000 francos a la misma sextena y luego, ganador o perdedor, suspendía el juego durante media hora...

Joseph Jaggers, un ingeniero inglés, que fue a Montecarlo no para jugar, sino para ver las salas por las que habían pasado el príncipe de Gales, Lloyd George, Balfour, la duquesa de Marlborough y el duque de Norfolk. Pero al ver las ruletas lo asaltó una duda; ¿podían ser perfectas aquellas máquinas que no habían sido construidas en Inglaterra? Evidentemente, no. Jaggers contrató a algunos jóvenes para que anotasen todos los números que salían en las distintas mesas. Y, tras una semana, descubrió que en la mesa número seis salían con extraña frecuencia algunos números de un determinado sector. Evidentemente, el plano de la ruleta no estaba bien equilibrado. Y Jaggers aprovechó aquella circunstancia para ganar una fuerte suma (cien millones, dicen en Montecarlo, aunque se trata de una evidente exageración. Recuérdese, a este respecto, que de las ganancias más fabulosas se oye siempre hablar a los croupiers y a los directores de los casinos, los cuales, evidentemente, tienen gran interés en hacer creer que hay jugadores que se han enriquecido en la mesa verde).

Jaggers tuvo la astucia de apostar de cuando en cuando sobre números distintos de aquellos que deberían salir, y de este modo confundió las ideas de los croupiers, que no lograban advertir sus continuas ganancias. Finalmente, el director del casino ordenó una inspección de las ruletas y, descubierto el defecto, hizo cambiar, como medida de precaución, todos los cilindros. Pero el astuto ingeniero tuvo la prudencia de retirarse a tiempo y volvió a Inglaterra con unos cuantos miles de libras esterlinas oro.

Cuando se oye hablar de ganancias gigantescas conviene preguntarse si la noticia no habrá sido inventada en la oficina de Prensa de un casino para atraer a otros jugadores. Pero, sin duda, ganó sus buenos millones el alemán Jarecki, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Heidelberg. Logró ganar incluso en Las Vegas, y la Policía tuvo que escoltarlo hasta el aeropuerto, porque temía una venganza por parte de las "familias" mafiosas que controlan el juego.

Jarecki fue expulsado de muchas casas de juego europeas porque ganaba demasiado. Para alejarlo de ellas se recurrió a un pretexto. Fue acusado de hacer "juego de equipo" junto con su esposa y su secretario, que apostaban a los mismos números a los que jugaba él, al objeto de superar los límites máximos establecidos por el casino. Pero le jeu d'équipe no constituye ningún delito. Y, por otra parte, tampoco puede garantizar que se vaya a ganar. En realidad, Jarecki lograba identificar las ruletas defectuosas o desgastadas, y, al parecer, con ayuda de calculadores electrónicos, comprobaba qué números tenían más probabilidades de salir. Este sistema fue descubierto por el inspector Taupin, después de que Jarecki hubiesee ganado una fuerte suma en la ruleta número 14 de Divonne. El inspector hizo desplazar el cilindro de dicha ruleta a la mesa número 9 (y a la inversa). Al día siguiente, Jarecki probó fortuna, en primer lugar, en la mesa número 14, aunque sin éxito. Luego se puso a dar vueltas por las salas, tomando apuntes, hasta que logró localizar dónde se encontraba el cilindro defectuoso y reanudó el juego en la mesa número 9, esta vez, con éxito. Por tanto, se debe a Jarecki el que se hayan intensificado los controles en todos los casinos europeos. Posteriormente, Jarecki fue expulsado de los casinos de Montecarlo y de BadenBaden, donde hizo saltar la Banca, obligando a los croupiers a cubrir la mesa con el tradicional paño negro. Su última empresa tuvo por escenario (el 6 de enero de 1973) el casino de San Remo. Parece ser que también fue expulsado de esta casa de juego. Luego probó suerte en los casinos de Londres, donde ni siquiera lo dejaron entrar.

Una gran jugadora fue la Bella Otero, que nunca perdía, porque jugaba siempre con fichas que le "prestaban" sus admiradores. Fue famosa su rivalidad con Liane de Pougy. Una noche -la noche de un San Silvestre-, la Bella Otero entró en el casino de Montecarlo con un vestido muy escotado y llevando numerosas joyas, entre las cuales destacaban dos collares de perlas que habían pertenecido, el uno, a la emperatriz Eugenia, y el otro, a la emperatriz de Austria. Además, llevaba un bolero brodé de diamantes "creado" por Cartier. Una hora después apareció Liane de Pougy, vestida con sobria elegancia y con una única joya: la alianza en el dedo. Pero iba seguida por una camarera que llevaba, sobre un cojín de terciopelo, las fabulosas joyas de su dueña.

Un jugador desafortunado: Sir Hugh Fraser, que, para pagar las pérdidas, tuvo que vender millón y medio de acciones de su Sociedad, que controla "Harrods", y otros elegantes emporios de Londres.

Una gran jugadora era la condesa Speranza, que vivía en Montecarlo, donde no jugaba nunca. En vez de ello, a primeros de agosto se trasladaba a Aix-les-Bains, donde apostaba siempre a los "vecinos" del número que había acabado de salir, creyendo que la bola tenía tendencia a volver al mismo sector. Pero hacía que colocase las apuestas su hija, de setenta años, porque la condesa Speranza tenía más de noventa años y estaba ciega. Siguió jugando hasta los noventa y siete años, y el director del casino sostiene que era capaz de enunciar los números antes de que el croupier tuviese tiempo de abrir la boca. O sea, "de oído". Y esto es increíble. Pero tal vez se trataba de telepatía entre el croupier y la anciana noble.

La más famosa "autoprohibida" es la princesa Acraf Pahlevi, hermana del sha. Pero desde hace unos años ha vuelto a jugar, sirviéndose de un pasaporte diplomático a nombre de Madame GityForouz. Y nadie se atreve a "reconocerla". Frecuenta el casino de Enghien, a 12 kilómetros de París, donde se juega sólo al chemin porque la ley prohíbe la ruleta y el treinta y cuarenta a menos de 100 kilómetros de la ciudad. Los parisienses aficionados a la ruleta deben trasladarse al casino de Forgesles-Eaux, a 101 kilómetros de la capital.

Si ser gran jugador significara estar en condiciones de arriesgar centenares de millones, nadie podría superar a los árabes, enriquecidos con el petróleo. Más aún: sin las pérdidas sufridas por los jeques en los casinos, algunos países europeos tendrían desastrosos pasivos en sus balanzas de pago. Por tanto, es fácil imaginar la emoción que despierta su llegada a la Costa Azul, donde reservan uno o dos pisos en los grandes hoteles y donde dan propinas hasta de 1.000 francos.

El jugador más audaz y con más mala suerte fue -antes de convertirse en el heredero del trono- el príncipe saudí Fhad. En cierta ocasión, en Divonne -donde había llegado en noviembre de 1976, en compañía de Víctor Manuel de Saboya y de Mahmud Reza Pahlevi, hermanastro del sha-, el día 19, el príncipe perdió 1.300.000 francos; el 20 ganó 1.600.000 francos, y perdió 1.242.500 francos al día siguiente. El 22 de noviembre le fue bien: 1.680.000 francos de ganancia, lo cual le indujo a descansar durante tres días. Luego, el 26 de noviembre, perdió 2.700.000 francos, y cuando se marchó, el 2 de diciembre, había perdido 11 millones de francos franceses.

En Montecarlo, algunos de los príncipes saudíes juegan siempre en una sala reservada para ellos, en cuya puerta hay seis guardias armados con cimitarras. Y han conseguido no tener que respetar los límites de apuesta. En diciembre de 1977 perdieron un valor equivalente a novecientos millones de pesetas. Pero -como he oído decir a un croupier -son jugadores tremendamente aburridos. Apuestan cada vez decenas de miles de fancos, pero no se entusiasman cuando ganan ni se alarman cuando pierden. Se tiene la impresión de que juegan con fichas sin valor. Y se divierten sólo cuando juegan a la "pulga" con las fichas. (¿Por qué habrían de preocuparse por las pérdidas? Somos nosotros los que se las rembolsamos cada vez que llenamos el depósito de gasolina.) He aquí por qué no se descompusieron los dos jeques que pidieron -y perdieron- dos Bancas de 700.000 y 750.000 francos.)


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