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Los Juegos de Azar - Capítulo 11: Ruleta: Los Jugadores - Pág. 3

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Se trata, precisamente, de un hombre destinado a perder, porque juega como si estuviese dirigiendo su negocio: asegurándose y contrasegurándose contra la desgracia (o, por lo menos, asi lo cree él). Piensa más en limitar las pérdidas que en aumentar las ganancias. Y, sin duda, maravilla ver cómo aquel hombre, que podría perder cien mil liras en una noche. sin sufrir demasiado a causa de ello, no encuentra el valor y el placer- de atacar frontal, dura ,y velozmente a la Banca con pocas apuestas sucesivas de muchos millones cada una.

Del mismo modo se comportan casi todos los jugadores italianos, ya sean sistemistas, que antes de apostar se pasan media hora anotando los números ("No se juega contra la fría máquina", sostienen), ya sean surspersticiosos, seguros de su buena estrella. Tienen el valor- el valor de la desesperación- sólo cuando pierden. Pero si ganan, tratan de prolongar la partida, sin comprometerse demasiado, y no comprenden que las probabilidades de perder son proporcionales al tiempo transcurrido ante el tapete verde. Pero no les importa . Lo interesante para ellos es no perder. A este respecto; citaré una ez más a Dostoievski, el cual hace decir al protagonista de su novela:

-Si no arriesgo mucho, podré seguir jugando.

Si. Para muchas personas, lo interesante es jugar. ¿Acaso podré criticarlas tras haber escrito que uno de Ios más grandes goces en el mundo deriva de los triunfos en el juego y que, para un verdadero jugador, hasta el perder aunque por vía subordinada constituye un goce? No, honestamente no puedo criticar a los jugadores tímidos. Sin embargo, el jugador debe saber encontrar el valor de presentar batalla, aun a riesgo de que la partida dure sólo media hora y tenga que abandonar la sala en caso de derrota.

Casi todos los jugadores habituales acaban, finalmente, por perder. Son bien pocas las personas que han logrado enriquecerse con el juego. Sí, en Montecarlo hubo un comerciante libanés que, apostando siempre al 28 y a todas las combinaciones de este número, ganó 250 millones de francos en tres noches. Al cabo de algunos meses volvió y lo perdió todo en una sola noche.

En San Remo, un industrial alemán de nacimiento polaco ganó, en 1957, más de 40 millones apostando al 16 y al 20, dos números que pueden ser jugados a caballo. Era un hombre extraño, al que le molestaba la presencia de las mujeres. En cierta ocasión pidió tener sólo para sí una ruleta y fue complacido. El director del juego le hizo poner una ruleta en un rincón del bar, sólo para él, con todo un grupo de croupiers a su disposición. Pero el alemán no tardó en cansarse de jugar sin “galerías”. Tenía necesidad de sentirse admirado. Volvió a jugar en las salas, y, en pocas horas, perdió todo lo que había ganado.

A menudo he preguntado a los inspectores y directores de San Remo y de los casinos de la Costa Azul.

¿Cuál es el mejor jugador que recuerdan. ustedes?

La respuesta siempre ha sido unánime: Tanto en San Remo como en Niza, Cannes o Montecarlo, me han respondido:
Faruk.

Como jugador, el ex soberano era un tipo peregrino capaz de hacerse llevar a la mesa verde seis huevos en su cáscara, con sal y limón, antes de empezar la partida, porque quería estar en forma. A veces se presentaba en las veladas de gala con atuendo deportivo, con la camisa abierta sobre el velloso pecho, pues estaba seguro de que nadie se atrevería a impedir la entrada a un soberano. O bien enviaba, por medio de su secretario, notas con precisas ofertas amorosas a las bellas mujeres que veía en el bar. Pero como jugador era formidable. Uno de los pocos que sabían poner en jaque a la Banca. Tranquilo cuando perdía y animoso cuando ganaba.

En San Remo, el director del juego me explicó que había sido testigo ocular de lo que yo siempre había creído un episodio de fantasía. Una noche, cansado del chemin, que prefería a la ruleta, Faruk pidió que le organizaran una partida de póquer. Fue complacido, aunque, por lo general, en los casinos no se juega al póquer. En cierto momento, Faruk declaró cuatro sotas y. no quiso mostrar las cartas al adversario, que había perdido, diciéndole

-Debe creer usted en la palabra de un rey.
Repito: el episodio es auténtico.

Los empleados de los casinos suelen sentir hacia los jugadores cierto velado desprecio. Los consideran locos, porque se obstinan en sostener una desesperada batalla contra los molinos de viento. Me he dado cuenta de ello al hablar con los directores e inspectores de juego. Mientras hablaba de temas técnicos, se mostraban pródigos en aconsejarme para este libro y me hablaban con voz normal, considerándome como una persona normal. Pero cambiaban el tono de voz, clasificándome inmediatamente en la categoría de los apestados, tan pronto como decía:

Bueno, ahora voy a hacer un par de apuestitas.

A menudo he oído a los inspectores decir a los jugadores:

-Querido señor, ¿cuántas veces le he repetido que éste es un peligroso deporte? ¿Por qué no lo deja? ¿Sabe usted que Camille Blanc, fundador del casino de Montecarlo, afirmaba: Jouer noir, jouer rouge, c'est toujours Blanc qui gagne?

Y la respuesta de los jugadores era siempre la misma:
Tiene usted razón, inspector, pero esta noche tengo la impresión de que haré saltar la Banca.

Hay, sin embargo, quien ha desbancado. En San Remo recuerdan a un industrial milanés que ganó todo un patrimonio apostando una gran suma al 29 y teniendo la satisfacción de ver salir este número seis veces seguidas. En Campione le hablarán de un industrial, también lombardo (los milaneses son, tanto en Italia como en la Costa Azul, los mejores clientes de los casinos), que no se toma ni siquiera la molestia de comprar las fichas.
Apúnteme el máximo al doce -dice a los croupiers, los cuales saben que tienen que apostar cada vez, mientras no reciban orden en contra, el máximo a dicho número y a todas sus combinaciones. Y cada vez se trata de muchos millones. Pero el industrial permanece a menudo en el bar con los amigos, sin preocuparse de seguir el juego, y sólo al final de la velada va a firmar un cheque si ha perdido o a recibirlo si ha ganado. ¿Podremos considerarlo como un verdadero jugador? Me permito dudarlo.

También en San Remo recuerdan a un jugador que llegaba cada sábado por la noche y, durante dos horas consecutivas, jugaba siempre al mismo número, al cual permaneció fiel durante tres años seguidos, sin un solo arrepentimiento, sin una sola desviación. Este es, a mi parecer, un gran jugador, con un solidísimo control de sus nervios. Porque puede ser fácil jugar durante años y años siempre la misma quiniela de fútbol, pero resulta muy difícil no dejarse influir por los caprichosos saltos de la bolita y permanecer siempre fieles al mismo número, aunque se vea que no sale ni una sola vez en toda una velada.

¿Cuántos son los jugadores que salen ricos de las salas del casino? No muchos, desde luego, pero tampoco escasos. Sin embargo, las estadísticas son difíciles a este respecto, porque no siempre es posible creer en las afirmaciones hechas por los jugadores, los cuales se ven a menudo impulsados a ocultar las pérdidas sufridas, no queriendo admitir que han sido derrotados en la batalla contra el destino.

Es cierto que muchos pequeños sistemistas logran invernar en San Remo o en Montecarlo, contentándose con ganar cada día pequeñas sumas con el duplicado, un juego para el cual --como ya he dicho- no se necesita mucha suerte o habilidad. Basta no tener demasiada desgracia.

Para una galería de jugadores, me gustarla citar una página del libro Se non la realtà de, Tommaso Landolfi:

He aquí al signore Regolare: llegado de alguna provincia meridional, ha depositado un milloncejo en la caja del casino, suma que se está ahora resquebrajando. Tiene una cara abierta y honesta, de buen padre de familia, y no puede uno por menos de imaginarse el tiempo y los sacrificios que le habrán exigido reunir aquel dinero. Pide Banca tras Banca, las pierde regularmente y añade con calma: "Regular, regular..." Rosina, sentada tristemente aparte, mira con ojos lánguidos a todos cuantos llegan, con la esperanza de que le den al menos una salida (o sea, el mínimo necesario para tener la Banca...). En la ruleta, un señor, majestuosamente sentado ante su tablero contador, aporta en cada tirada los indispensables cambios en la disposición de las bolitas, indispensables para perder la tirada siguiente... El napolitano sigue cubriendo el tableau con fichas de valor medio, dejando cada vez descubiertos pocos números, entre ellos, el que sale luego; pero si gana algún envite y retira la mitad de lo jugado, se vuelve triunfante hacia el jefe de partida para invitarlo a admirar su juego... Otro sistemista apergaminado y con gafas murmura a su vecino: "Estoy seguro de que saldrá el rojo, pero mis cálculos me dan un negro y no hay vuelta de hoja; hay que jugar negro" (sigue la salida de un número rojo)... El siciliano, armado con un formidable cuaderno, en el que traza apresuradísimos cálculos, da órdenes perentorias y retumbantes, en su lengua, a un equipo de pálidos jóvenes, que corren como extraviados de una mesa a otra, equivocando a menudo la apuesta, recibiendo reproches del maestro y apostando cada uno no más de dos mil liras...

A estas palabras de Tommaso Landolfi me gustaría añadir aquellas con las que Dostoievski cierra. El jugador:

...Salí del casino y comprobé que aún tenía un florín en un bolsillo del chaleco. "Bueno, aún tengo para comer", pensé. Pero habría dado un centenar de pasos cuando cambié de idea y volví atrás. Lo aposté al manque... Fue verdaderamente terrible la sensación cuando, solo en tierra extraña, lejos de tu patria, de tus amigos y sin saber lo que comería por la noche, aposté el último florín, el último. Gané, y al cabo de un tiempo salí del casino con ciento setenta florines en el bolsillo. Esto es verdad. He aquí lo que puede significar a veces el último florín. ¿Y si hubiese perdido el valor? ¿Si no hubiese osado decidirme? ¿Si hubiese temido convertirme en un hombre perdido? Mañana, mañana acabará todo.

Y he aquí algunos jugadores, locos y simpáticos, que no han sido olvidados por los croupiers de Montecarlo.

El barón Van Palland, un multimillonario belga que, cuando ganaba a la ruleta, iba a contratar las orquestinas de todos los locales nocturnos para preparar una serenata a sus amigos que, derrotados, dejaban el casino al rayar el alba... o que se hacía detener por escándalos nocturnos, al objeto de recibir luego a todos sus amigos y todas sus amigas en la pequeña cárcel de Montecarlo, a la que hacía llegar cajas de champaña., con gran alegría por parte de los carceleros, invitados a participar en las fiestecitas...


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