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Los Juegos de Azar - Capítulo 11: Ruleta: Los Jugadores - Pág. 2

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Según los estudiosos de la psique, la tendencia de los jugadores al masoquismo vendría demostrada por el solo hecho de que participan en el juego, o sea, en una actividad de la que se resignan a ser los objetos y no los sujetos, al ser evidente que no pueden ejercer ninguna influencia sobre la marcha de la partida. ¿Deberemos, pues, de compartir el pesimismo de Schopenhauer, según el cual el juego de azar constituye una declaración de bancarrota por parte del intelecto? ¿O tendríamos que dar la respuesta de Talleyrand a los jugadores desafortunados que nos piden un remedio contra la difícil situación en la que se encuentran: “Yo no tengo necesidad de buscar un remedio, porque jamás me he puesto en semejante situación”?

Nosotros no llegamos a tanto pesimismo, no aceptamos las críticas de quienes pretenden ver en toda persona sentada a la mesa verde un masoquista o un individuo afecto de megalomanía infantil. Ni es posible creer que los jugadores entren en las casas de juego "sólo para pagar caro el derecho a una esperanza efímera". Aparte el hecho de que hoy las pequeñas neurosis y los más o menos vastos complejos no son una prerrogativa única de los jugadores de azar (se sostiene que también los hinchas del fútbol serían masoquistas, y se quiere aportar la prueba de ello recordando que la intensidad del placer dado por una acción ofensiva del propio equipo, de un modo especial si es coronada por un gol, es muy inferior al ansia y al sufrimiento provocados por una acción ofensiva del equipo contrario. Pero aunque esto fuese cierto, ¿cómo es posible afirmar que un hincha desee inconscientemente la derrota de sus hombres para poder sufrir?), aparte, digo, el hecho de que todos sufrimos complejos, es preciso recordar que también hay quien sale ganador de las casas de juego, y, además, que el juego de azar ofrece emociones y placeres por los cuales bien vale la pena de afrontar algunos riesgos.

La pasión por el juego de azar deriva asimismo del hastío al que a menudo está condenada la moderna sociedad. Parece intolerable una vida del todo mecánica. Y se dedica al juego el que no tiene la fuerza para combatir el hastío y el aburrimiento con ejercicios físicos o del espíritu (lo cual no se ha de confundir con los ejercicios espirituales).

La monotonía y la incapacidad de colmar el tiempo libre llevan a los hombres a buscar las emociones del juego, entre otras cosas, porque de las victorias en la ruleta esperan el fin de la vida monótona, imaginando que la riqueza pueda matar el tedio. ¡Qué ilusión! El aburrimiento es una maldición para ellos -alguien ha dicho que una gran parte de la sociedad moderna está compuesta por personas aburridas de sí y que aburren a los demás-, y de esta maldición, sólo momentáneamente, podrá liberarlas el juego.

Por el contrario, el verdadero jugador no es una persona aburrida y no busca en el juego de azar el sucedáneo ---o, como diría Freud, el Ersatz- de otras pasiones, sino que suma la emoción del juego a las otras emociones de que es capaz.

Naturalmente, esto no significa que el verdadero jugador tenga que aparecer emocionado. Más aún: el verdadero jugador sabe guardar las emociones internas y aparecer frío e indiferente en ocasiones, casi como si, en vez de participar en la partida, estuviese observando a otro jugador. Sabe aceptar las pérdidas sin comentarios y sin estallidos de ira, lo cual resulta difícil, pero no dificilísimo. Y sabe aceptar los golpes de suerte sin jactancias y sin sonrisas de complacencia. Lo cual resulta dificilísimo.

Hasta los jóvenes olvidan a menudo los placeres de la carne cuando se sientan a la mesa verde. Los casinos tal vez sean los únicos lugares en los que los italianos se olvidan de mirar a las mujeres. Si ven ustedes en las salas de juego a un hombre que hace la corte a una mujer, que se olvida de apostar o no se interesa por los números que salen, pueden afirmar, con toda seguridad, que no está dominado por el demonio del juego. Un hombre que logra interesarse por alguna otra cosa en el mundo mientras la bola corre por el cilindro de la ruleta, no puede ser en modo alguno un verdadero jugador.

Casi todos los verdaderos jugadores son maníacos. Olvidan el hambre, la sed, las necesidades del cuerpo. Son capaces de permanecer horas y horas en torno a la mesa verde sin sentir cansancio. No moverían ni un músculo de su cuerpo aunque vieran pasar por las salas de juego a una mujer desnuda. Como máximo, y cual buenos cabalistas, sacarían del hecho los números -6 ó 16- que deberían jugar.

Durante la partida, muchos jugadores permanecen en trance. No se dan cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Naturalmente, después de la partida experimentan una reacción. Vuelven a sentir apetito, sed y las otras pasiones. Para olvidar una pérdida o celebrar una victoria comen, beben y aman con ímpetu, un ímpetu, sin duda, no muy bueno para la salud.

Desde luego, los psicoanalistas podrían encontrar en las salas de juego muchos personajes para estudiar provechosamente. Desde los supersticiosos hasta los fanfarrones que proclaman en alta voz: "Ahora saldrá mi número, ahora verán ustedes cómo se juega"; desde las mujeres que arrojan al aire las cartas cuando pierden una apuesta al chemim, hasta las personas tan dominadas por la pasión, que olvidan hasta los números a los que han apostado.

Sin saberlo, algunos jugadores reciben divertidos remoquetes por parte de los croupiers: La loca del 17 es una anciana perteneciente a una familia aristocrática, que apuesta sólo al número 17, número al que es tan aficionada, que una vez, tras haberlo perseguido largamente con sus apuestas, abofeteó a un conocido que corrió para alcanzarla en el bar con objeto de decirle que había salido el 17 dos veces seguidas tan pronto como ella había dejado de jugar.

Tenemos también la señora caliente, que apunta sólo a los números que salen con mucha frecuencia (llamados precisamente "números calientes"). La amazona es una señorita a la que le trae suerte jugar vestida con ropa masculina. Y lamenta no poder entrar por la noche en las salas de juego, ya que está prohibida la entrada a las mujeres con pantalones.

El terrible genovés es un estupendo jugador que no arriesga nunca menos de tres millones por tirada. La señora del piececito -otro mote destinado a inducir a engaño- no busca aproximaciones amorosas bajo la mesa verde, sino que ha sido sorprendida varias veces con un pie sobre una ficha que ha rodado sobre el pavimento, una ficha que evidentemente no le pertenecía.

Finalmente, tenemos el fullero, un honesto y desgraciado industrial, perseguido por la mala suerte y por la esposa, que querría obligarlo a abandonar el juego.-¿No estás viendo- le dice – que no adivinas ni una? ¿Por qué quieres arruinarte?” . Pero él, de cuando en cuando , entrega secretamente un cheque a un empleado para que vaya a cambiarlo. Luego, aprovechando un momento de distracción de la mujer, deposita ante sí las fichas recibidas del empleado y dice a su esposa:

-Habrás visto que estoy ganando.
Esta es su ingenua fullería.

De cuantos jugadores he oído hablar, el más patético era el marqués D´Arago, un hombre que había dedicado al juego toda su existencia y había escrito un liro sobre la ruleta, que por desgracia, no he conseguido leer,titulado come ho dominato queste macchine. En realidad habían sido las máquinas las que habían dominado al marqués, obligándolo, en los últimos años a hacer sólo modestas apuestas, porque había quedado reducido prácticamente a la miseria.

Siempre se apostaba a la sextena 7/12 ,y, cuando ganaba, se alejaba de la mesa sin recoger lo ganado. Para complacerlo, los groupiers fingían no haberlo visto y, en voz alta Preguntaban: "¿De quién es esta apuestade la sextena 7/12?", insistiendo hasta que el marqués se acercaba con los brazos abiertos en señal de triunfo y preguntaba: “Pero ¿de quién puede ser?”, como si los números del siete al doce fuesen reconocido monopolio personal propio.

Decía al los inspectores del casino:
-Yo no soy un jugador , sino un técnico. Me encuentro en estas salas no para ganar, sino para demostrar como es posible ganar.

Quería demostrar su superioridad sobre las máquinas, sobre las odiadas-amadas ruletas. Sostenía que no era supersticioso u juraba y perjuraba que dominaría las máquinas con sus infalibles sistemas. Pero un día se cansó y apareció en las salas de juego vestido completamente de verde: traje verde, pañuelo verde en el bolsillo, corata verde, calcetines verdes , como si hubiese salido de la Romanza sonámbula, de García Lorca:

Verde que te quiero verde,
Verde viento, verde ramas.

Y acercándose al tapete verde, susurró a un inspector:

-¿Sabe usted? Me he mimetizado para no ser reconocido.
-¿Reconocido por quién? Pues por las máquinas circuidas por el tapete verde, ¡diablos!

El marqués D´Arago fue uno de los últimos grandes jugadores italianos. Por el contrario, ahora muchos ricos jugadores se comportan en la mesa verde como si estuvieran sentados ante su despacho y estuviesen proyectando algún negocio. Juegan con prudencia de contables, aunque ecuentran la manera de perder decenas y decenas de millones . Veamos, por ejemplo, a X. Y., un gran industrial italiano, que debe su gran .patrimonio a la leche o a los derivados de la misma. Permanece horas y horas ante la musa verde, apostando cada vez fichas de diez mil liras a veinte números en pleno, o sea, arriesgando doscientas mil liras cada vez. Así, si sale uno de los diecisiete números sobre los cuales no ha apostado, pierde doscientas mil liras. Si sale uno de sus veinte números, se embolsa 350.000 liras en bruto, de las cuales debe descontar las 190.000 liras perdidas en las otras diecinueve apuestas, las 10.000 liras de propina que da al croupier. Por lo tanto, le quedan 150.000 liras de ganancia neta.


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