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Los Juegos de Azar - Capítulo 07: Ruleta: Los "Prohibidos"

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Cada casa de juego tiene una lista negra de personas a las cuales se les prohibe la entrada. En Francia, todos los casinos se comunican los nuevos nombres "ingresados" en la lista negra. Ello no ocurre en Italia, por lo cual los estafadores y los tahúres pescados en San Remo o en Venecia pueden ir a repetir tranquilamente sus "empresas" en Campione o en Saint-Vincent.

En la jerga de los casinos, las personas a las que les prohiben la entrada se llaman precisamente así: los "prohibidos". Entre ellos se incluyen también personas respetabilísimas, o sea, a las cuales les impide la entrada la propia ley: así, las personas que residen en la provincia en que está situada la casa de juego. La ley impide también la entrada en tales casas a los menores de edad, a los empleados estatales, a los funcionarios de Banco y a los oficiales hasta el grado de capitán incluido. Pero tampoco los jefes del Ejército pueden poner los pies en los casinos si van de uniforme.

Esta disposición permite acabar de una vez para siempre con un desagradable equívoco. En Montecarlo, durante una velada de gala, un multimillonario de Edimburgo, en vez de vestir smoking o frac, se presentó con el traje de tarde de rigor en Escocia: chaqueta con botones dorados, puñal, cola de caballo y tartán policromo. Era tiempo de carnaval, y, al ver al hombre con falda, los porteros creyeron que se trataba de un disfraz y querían ponerlo de patitas en la calle. Salvó la situación el fisonomista -el empleado cuya función consiste en recordar la fisonomía de todos los jugadores habituales, en especial de los deshonestos-, el cual reconoció al multimillonario y corrió a decirle:

-Perdone, pero habíamos creído que era usted un oficial en traje de gala. Y, por desgracia, a los oficiales con uniforme les está prohibida la entrada.

Desde aquel día, todos los empleados de Montecarlo saludan al millonario escocés llamándolo "Mon général".

Tampoco los croupiers de las otras casas de juego pueden entrar en los casinos. Sus nombres no están escritos en el registro de los "prohibidos". Pero un empleado de Saint-Vincent sería despedido en el acto si lo vieran en las salas de juego de Venecia. La misma suerte correría el croupier de San Remo que franquease la frontera para probar fortuna en Cannes o en Montecarlo.

Y podría estar seguro del despido hasta el croupier que se dejase ver por la calle, en un restaurante o en un night en compañía de un jugador habitual o, peor aún, de una jugadora. Los administradores de las casas de juego tienen miedo de las amistades entre croupiers y jugadores, porque podrían llevar a peligrosas complicidades, como ha ocurrido en numerosas ocasiones. En efecto, el croupier podría ponerse de acuerdo con un jugador para pagarle ganancias imaginarias o para guiñarle si el jugador ha de apuntar con retraso, cuando la bola se ha detenido en una casilla.

Una categoría muy interesante es la de los "autoprohibidos", o sea, de los jugadores que, tras haber sufrido muchas pérdidas, escriben a la dirección del casino para decirle: Si cediera nuevamente a la tentación, les ruego tengan la amabilidad de cerrarme la puerta en las narices. Y su voluntad es respetada, aun cuando lleguen a San Remo o a Venecia jurando y perjurando que han cambiado de opinión. Si quieren volver a jugar tienen que escribir una nueva carta a la dirección para anular la disposición precedente. Y deben hacerlo unos días antes de ir a jugar.

Una mirada al registro de los "prohibidos" nos habla de algunas situaciones particularmente dolorosas. Así, junto a un nombre encontramos esta anotación: `Prohibido por carta de familia." Significa que la esposa, al ver a la familia, arruinada a causa de la pasión que el marido siente por el juego, ha escrito una carta a la dirección solicitando que no se le permita al hombre aumentar la desgracia del hogar. No siempre se tienen en cuenta estas cartas, porque es preciso proteger a los maridos contra el excesivo celo de ciertas esposas. Pero si se trata realmente de una persona que ha sufrido graves pérdidas, entonces la dirección se muestra dispuesta a acoger la súplica de la esposa.

He aquí otra anotación que no necesita comentario alguno: "Prohibido por deseo expreso de su empresa." O bien: "Prohibido por orden de la Seguridad Pública." También son prohibidas las mujercitas que molestan a los jugadores pidiéndoles préstamos.

En la lista de "prohibidos" figuran también los jugadores que han pedido y obtenido el "viático". Impulsados por la pasión de apostar hasta el último billete, muchos jugadores han de recurrir a la generosidad de la casa de juego para que les pague el billete de regreso a su destino y, a veces, hasta la cuenta del hotel. En Italia no se niegan nunca cinco o diez mil liras de viático, aun cuando ocurre a veces que un turista -italiano o extranjero (con más frecuencia, .extranjero)- entra en la sala del casino sólo para poner en escena la comedia del hombre reducido a la miseria por el juego, a fin de que le paguen el billete de regreso a casa.

Las casas de juego italianas son más generosas que las extranjeras, que no conceden ya el viático, renunciando a una tradición surgida en los días en que los jugadores desgraciados tenían la costumbre de quitarse la vida en los jardines del casino. Los cadáveres no representaban una buena publicidad y, en consecuencia, las casas de juego desembolsaban gustosamente el escaso dinero que suponía el viático. Pero ahora los suicidios ya no son frecuentes. La letra de cambio ha sustituido a la pistola en los casinos. Y quien pierde hasta el último céntimo debe resignarse, en Francia, a volver a casa a pie.

Por el contrario, en San Remo la tradición sigue respetándose, aun cuando el último suicidio se remonta a 1946, cuando la signora Olga R., de Cuneo, se metió en un cuarto de baño de la casa de juego y se quitó la vida de un pistoletazo. Se dice que perdió sólo unos miles de liras, pero que antes de perderlas había ganado casi dos millones. Una suma, en 1946, enorme. Había ya soñado con enriquecerse para toda la vida, pero no había sabido detenerse a tiempo, y cuando vio derrumbarse sus ilusiones, eligió el triste camino del suicidio.

Al jugador habitual, bien reconocido por los inspectores de las casas de juego, se le paga el hotel si se ha quedado sin blanca, e incluso el billete de regreso en avión o en coche-cama. (Pero no fue posible contentar a un norteamericano que, en cierta ocasión, pidió el billete en avión para San Francisco.)

De todas formas, se trata de un dinero que "vuelve". De los millones gastados cada año en San Remo en concepto de viático, muchos son restituidos voluntariamente por los jugadores, que reciben la suma como un préstamo. Se trata casi siempre de personas que quieren volver a jugar y que saben que no podrán afrontar de nuevo la amada ruleta si antes no han devuelto el dinero del viático. Si quieren volver a jugar, además de restituir el préstamo recibido deben dejar un depósito que garantice que no pedirán nuevamente dinero antes de partir. Ultimo pormenor: cuando a un jugador se le concede el viático, se le retira al mismo tiempo la tarjeta de entrada. De lo contrario, se precipitaría a jugarse el dinero concedido para el billete de regreso.

En el registro de los "prohibidos" encontramos otras anotaciones que hablan despiadadamente por sí solas: "Ratero", "Expendedor de moneda falsa", "Estafador habitual": éstas son las palabras escritas al lado de los nombres de algunas personas incluidas en la lista negra. Entre los "prohibidos" se encuentran asimismo los jugadores que han cedido su tarjeta de entrada a un "prohibido".

En 1977 había en Francia 13.000 "prohibidos"; de ellos, más de 7.000, "autoprohibidos". Uno de estos últimos, Monsieur Henri Crotenne, agente publicitario, ha puesto un pleito al casino de Palm Beach, donde había conseguido entrar pese a la "autoprohibición", porque el fisonomista no lo había reconocido y porque el empleado de la venta de tarjetas de entrada no había consultado el registro de los "prohibidos". Dirigiéndose al Tribunal de Grasse, que aún no se ha pronunciado, el jugador ha pedido el rembolso de 400.000 francos, que afirma haber perdido, sosteniendo que los empleados tenían que haberle prohibido jugar.

Por el contrario, el 18 de mayo de 1977 se pronunció sentencia en el proceso contra el director del casino de Divonne, acusado de haber entregado a un jugador más de un millón de francos por una apuesta que no había sido efectuada. Se trataba del argelino Snail Si Hamed, casado con una princesa de la Arabia Saudita y que había hecho de "piloto" de los príncipes sauditas en las casas de juego. Apostaba siempre el máximo al 32 y a las combinaciones. Una noche, el 32 salió tres veces seguidas, mas, precisamente, mientras Snail Si Hamed se encontraba en el bar. Ello no le impidió reclamar la ganancia (1.950.000 francos), porque -dijo- el croupier habría tenido que apostar en su nombre y por su cuenta. El croupier sostenía que no había recibido instrucciones y la suma no fue pagada, lo cual indujo al argelino a declarar que no pondría jamás un pie en Divonne y que lo mismo harían sus amigos.

Luego, el 19 de enero de 1977, se encontró por casualidad en Ginebra con el director del casino de Divonne, que, preocupado por el boicot de los árabes, le prometió que se le pagaría la "apuesta". El argelino volvió a Divonne, y, generosamente, restituyó un tercio de la suma que se le había pagado. Pero la dirección de la police des jeux denunció por este desembolso al director del casino, que fue absuelto por los jueces de Bourg-en-Bresse. Y en la sentencia se lee: “El director actuó pensando únicamente en los intereses del casino, para impedir que los árabes insistieran en su boicot.” (Si se tiene en cuenta que, en Divonne, el heredero del trono saudita ha perdido, al cambio, unos doscientos millones de pesetas, y recordando que el Fisco francés se embolsa el 60 % de las apuestas ganadas, habremos de decir que los jueces de Bourg-en-Bresse merecen un aplauso por su empírica interpretación del Código Penal.)







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