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Los Juegos de Azar - Capítulo 01: Introducción

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En los garitos de Cuba, donde los camareros ofrecían a los turistas norteamericanos daiquiri tras daiquiri para permitir a los croupiers desplumar más rápidamente a los jugadores borrachos.

-Jugábamos a lo fullero -me confesó, en cierta ocasión, un croupier de La Habana, que trabajaba por cuenta de George Raft, el actor especializado en papeles de gángster, y no sólo en la pantalla, al que Batista había concedido licencia para abrir una casa de juego en un hotel de La Habana, licencia que Castro revocó sólo dos años después de estar en el poder...

En las tristes salas del casino de Tánger, donde la ruleta no tiene el número cero (pero la casa se queda con el 4 % de las ganancias), y en las elegantísimas salas de Estoril, donde, durante la guerra, se habían dado cita todos los agentes secretos

y todos los espías que -como, por lo demás, los periodistas- habían establecido en Portugal su Cuartel General...

En los salones de Bad Neuenahr, donde vi a los barones del Ruhr dar la batalla a Bancos de cien mil marcos al chemin de fer...

En Las Vegas, con sus casas de juego abiertas las veinticuatro horas del día, donde vi a Frank Sinatra derrochar un sábado por la noche sus ganancias de la semana, consolándose con el hecho de ser copropietario del garito en que jugaba...

En el maravilloso oasis de Marrakech, tan caro a los ocios de Churchill, de Onassis, de la Begum y de algunos de los grandes industriales latinos, todos frecuentadores de la pequeña casa de juego oculta entre palmeras...

En Paris, donde, en los círculos privados (aunque autorizados por la Policía), ya a las tres de la tarde los representantes de algunos grupos de banqueros inician la partida de baccará, aceptando apuestas hasta de un máximo de 40.000 francos nuevos por jugador...

En el gran casino construido por los italianos en las desoladas colinas que dominan El Cairo, y en la casa de juego de Alejandría, hospedada en la villa, de pésimo gusto -pero el jardín, ¡qué maravilloso!-, del ex rey Faruk...

En la casa de juego situada entre Beirut y Trípoli, en el Líbano, que fui a visitar no sólo paraprobar fortuna, sino también porque una vez -cuando se hallaba aún en construcción- me sirvió de refugio durante un choque entre drusos y tropas gubernativas en el período de la guerra civil...

En el casino (destruido luego por un bombardeo) de Sopot, junto a Danzig, adonde había que llegar en avión para no atravesar el famoso pasillo que fue una de las causas del último conflicto, y donde se jugaba con fichas de dos tipos: en marcos, para los alemanes, que no podían ser cambiados por divisa extranjera, y en marcos libres, reservados a los extranjeros...

En la casa de juego de Corfú, hospedada en la "Villa Aquileion", construida por la emperatriz Isabel de Austria y comprada luego por el káiser Guillermo II...

En Westerland, en la isla de Sylt, en la frontera entre Alemania y Dinamarca, con sus playas abiertas a los nudistas, que se visten por la noche para ir a probar fortuna en la Spielhaus...

En Badeas-Badeas, con sus recuerdos imperiales en las salas de juego tapizadas con telas color oro viejo; las mismas en las que pasó tantas horas Fiodor Dostoievski, el cual confesó a su esposa Ana que a menudo alcanzaba el orgasmo cuando sufría una elevada pérdida. Por lo demás, Freud sostiene que los veloces movimientos de la mano para extraer las cartas del sabot, o los realizados por el croupier para lanzar la bola, traen a la mente la masturbación y el coito...

En Ostende, en Namur, en Middelkerke y en las restantes casas de juego (¿y cómo podría olvidar Middelkerke, donde, en 1938, perdí casi todo lo que llevaba en el bolsillo, lo cual me obligó a vivir, durante casi tres días, a base de plátanos?)...

En Salzburgo, donde, cuando era estudiante, perdí cien de los últimos doscientos chelines que me habían quedado y me fui a la cama jurándome que no jugaría más en toda mi vida. Pero media hora después me volví a vestir y me fui a perder los restantes cien chelines, de modo que, al día siguiente, hube de partir para Nápoles sin un céntimo he dicho un céntimo- en el bolsillo...

Y en Badeas, cerca de Viena, una casa tranquila y discreta, donde una noche vi salir primero el 7 y luego el 13, las edades (en aquel tiempo) de mis dos hijas más jóvenes, y tuve el valor de apostar todas mis fichas (“¡Esperen, esperen -decía a los croupiers -, aún no he acabado! , mientras veía si me quedaba todavía algún dinero en la cartera”), de apostar todo -decía- al 19, la edad de mi hija mayor, porque tenía que salir el 19, y, en efecto, salió.

Si es usted jugador, verdadero jugador, comprenderá que la satisfacción no se debió sólo al mucho dinero ganado, sino, también, y sobre todo, a la favorable respuesta dada por la ruleta a mi teoría. Porque para ser verdaderos jugadores no basta haber frecuentado muchas casas de juego, sino que es preciso también saber hablar con la ruleta, aun sabiendo que el diálogo no se toma demasiado en serio.

Para ser verdadero jugador se ha de estar convencido de que el juego puede dar dos grandes alegrías: ganar o perder. El que se divierte sólo cuando gana, no es un verdadero jugador. Por otra parte, para divertirse hay que jugar por dinero.


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