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Confesiones de un Croupier - Capítulo 20: La Historia Secreta de Monte Carlo - Pág. 2

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Apenas llegado a la villa se apareció la griega dispuesta a recomenzar sus tareas de seducción, y al paregavilla penetró intempestivamente en la estancia, sus propósitos de chantage hallaron suculento asidero... Pero Francisco José no era pájaro tan tierno como creían. Expresó fríamente que podían hacer "lo peor que se les ocurriera" -palabras de melodrama- y abandonó la casa para tomar su coche que lo llevaría a Monte Carlo.

Allí estaba otra vez la rubia, quien volvió a ingeniárselas para que su real amigo le refiriera las circunstancias del asunto...

-Ud. debe regresar a Viena en seguida -díjole ella- no se atreverán a seguirlo, y cualquier historia que quieran divulgar no será creída por nadie -comprendiendo la sensatez del consejo de la muchacha, el Emperador hizo empacar sus bártulos y disponer un tren especial para Viena, en el cual -debo añadir- se reservó un asiento para la blonda sirena. A la mañana siguiente cuando el jefe de la pandilla de truhanes concurrió al hotel con objeto de cerrar sus mallas extorsivas alrededor del soberano, halló que éste no era ya huésped de la Rivera.

Abandonando toda discreción, el sujeto se encaminó a Viena, y allí procuró obtener una audiencia del monarca en su propio palacio. Enterado éste de la llegada del hombre, puso en movimiento los mecanismos de su real voluntad: el hombre fue arrestado y sin dilación conducido a una fortaleza de Hungría, donde permaneció más de tres meses, al cabo de los cuales envió una carta al monarca manifestando que había perdido la memoria; días después Francisco José ordenaba su liberación, con lo cual termina este episodio entre trágico y grotesco de la vida amorosa del emperador de las Austrias. Diré que los detalles del caso me fueron referidos por el mismo truhán, así como por el Jefe de Policía de Mónaco.

Hablando de chantagistas, yo mismo fui una vez objeto de la atención de un par de hábiles granujas, quienes trataron de extorsionarme para que aceptase ayudarles en su plan de estafa al Casino. Había sido lo suficiente tonto para aceptar una noche el regalo de 10.000 francos que me hiciera un acaudalado americano, en el mismo Casino. La suma recibida tenía su origen -y explicación- en un librito muy curioso y antiguo que yo había vendido al hombre, que trataba de pretéritas formas de juego; pero cuando se amenazó acusarme, de haber recibido ese dinero como pago por "favorecer" al americano en sus jugadas, estaba ya éste al otro lado del Atlántico, y no podía, en consecuencia, servir de testigo material en mi defensa.

La pareja extorsionista -hombre y mujer, ambos franceses- vino a mi casa una noche, y recordándome el asunto, me amenazaron con ponerlo en conocimiet to de la administración del Casino, lo que significaba, claro está, mi despido. Aunque no había verdadero fundamento en sus acusaciones, era presumible que lograrían sus propósitos, y me devanaba yo los sesos buscando una escapatoria.

-¿Cuánto quieren ganar Uds.? -inquirí.
-No le pedimos dinero -respondieron- sólo ayuda.
-¿Ayuda?
-Sí... Tenemos un pequeño plan...

Comprendí al instante; buscaban mi complicidad para estafar al Casino, como ya otros muchos lo habían intentado antes. Con rapidez tomé la única decisión que podía salvarme.

-Los ayudaré por una tercera parte de las ganancias.
-Aceptado -dijo el hombre-. Y ahora voy a explicarlo...

Y la pareja entró en los detalles del plan, el cual era ciertamente ingenioso, y con mi ayuda de "croupier" hubiese logrado, de seguro, amplio éxito. Accedí a comenzar esa misma noche, y apenas salieron, tomé mi sombrero y me precipité a un taxi.
Al llegar al Casino me encaminé directamente a entrevistar al Director; apenas traspuse el dintel de la oficina del personaje, entré en materia sin omitir el más mínimo detalle. La respuesta fue escueta y consoladora:
-Me complace cómo Ud. ha sorteado el enredo, Ketchiva -dijo- desde luego que acepto su palabra en todo. Proceda esta misma noche como convino con la pareja, nosotros nos encargamos del resto...

Y así esa misma noche inicié por vez primera en mi vida, un juego tramposo, obedeciendo a la señal que me impartiera mi "cómplice" al otro extremo de la mesa. Mientras tanto cuatro detectives sentados en diversos asientos alrededor de la mesa, seguían las alternativas del juego... Cuando la pareja se levantó para abandonar la sala fueron arrestados, y al día sigiente puestos en la frontera del Principado...


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