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Confesiones de un Croupier - Capítulo 13: Testas Coronadas frente al Paño Verde

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No importa cuán democrática pueda ser la organización a que arribe el mundo, que la gente seguirá teniendo siempre respeto y reverencia por la Monarquía, y por aquellos que son de sangre real. Esto se ponía en evidencia en los Casinos europeos cuando un rey soberano honraba con su presencia al Casino, lo que atraía grandemente al público, sobre todo si era divorciado, por lo que la llegada de tales personajes era siempre festejada por la administración.

Muchos de esos personajes fascinadores han desaparecido ya, pero no será inútil que el recuerdo reviva algunos de sus rasgos y anécdotas.

El Príncipe Enrique de Inglaterra, por ejemplo, hermano mayor del padre del actual soberano, era considerado el mejor bailarín de Europa, en una época en que otros tantos reales sabían también ejecutar filigranas con los pies, entre otros, el rey Alfonso XIII, de España.

Conozco asimismo, a toda la actual familia real británica. El entonces príncipe de Gales (hoy duque de Windsor), jugaba con mucha habilidad al "chemin de fer", pero sospecho que no tenía gran afición al juego. El actual soberano, que por entonces era duque de York jugaba en forma muy moderada, y lo he visto en distintos casinos, en calidad tan sólo de atento observador.

Por el tiempo que sucede mi relato, llegó un día al Casino un hombre tranquilo, y sin ningún rasgo peculiar, junto a una pequeña comitiva. Llegaban en automóvil, y establecieron su residencia en una pequeña villa algo apartada de la costa. Noté yo esa noche una atmósfera de misterio en el Casino, y que el número de gendarmes había aumentado sobre el usual, junto a las puertas.

-Se espera una tentativa de robo, o el arribo de algún personaje de campanillas -me dije al entrar en el salón, a la expectativa de lo que iba a ocurrir. Por fin, un coche grande y cerrado se detuvo frente al portal principal del Casino, mientras los gendarmes se cuadraban, saludando. Una figura masculina descendió del auto, en impecable traje de etiqueta, y respondiendo al saludo, subió con lentitud las gradas del Casino.

Con ayuda de mis binóculos reconocí a ese rostro intrépido y atractivo: ¡Era Alberto, el rey de las Belgas! Muy cerca, tras él, venía un joven alto y gallardo, también de etiqueta, el entonces príncipe heredero Leopoldo de Bélgica, duque de Brabante. Con toda calma, los dos ilustres visitantes depositaron sus abrigos y sombreros de seda en el vestuario, y se encaminaron hacia la sala de juego. Una conmoción eléctrica pareció sacudir a la concurrencia al ocupar sus asientos los dos reales personajes, y dar comienzo el juego. No me fue posible conseguir un lugar ventajoso, entre la densa muchedumbre que se apiñó junto a la mesa para presenciar las alternativas de las apuestas regias. Aunque, en verdad, ello no fue necesario tampoco, pues pronto se esparció el rumor de que el rey perdía. tan continuamente como ganaba el príncipe; dos horas después, al levantarse la regia pareja, el rey Alberto había perdido 10.000 francos, mientras que su hijo ganaba unos 7.000 francos -suma de relativa consideración, pero adecuadas a la mesura con que apostaron los dos príncipes.

El rey se dirigió al Embajador de Bélgica en Francia, quien se inclinó con respeto, y a los pocos instantes se les unió M. Painleve, iniciándose una animada discusión, que versaría, sin duda, sobre la política europea.

Mientras tanto el príncipe heredero recorría el salón de baile y apareció bastante satisfecho al ver cómo tocaban sus "toilettes" las damas, con la esperanza, quizás, de que el príncipe las invitara a bailar.

De improviso el rostro de éste se iluminó en una expresión de alegría, y casi se precipitó hacia la puerta principal, por donde entraba una joven mujer muy hermosa: la princesa Astrid, de Suecia, esposa del príncipe heredero. Cinco minutos más tarde, la real pareja se deslizaba por el suntuoso piso del salón a los armoniosos compases de un vals, y entre las esperanzas frustradas de las señoras concurrentes.

En tanto el rey, terminada su controversia política con M. Painleve, pasó junto a mí en dirección a los confortables divanes que se hallaban al extremo de la estancia, y desde allí observó cómo sus hijos ejecutaban los últimos compases del baile, con una obvia expresión de fraternal satisfacción en el rostro. Al regresar la pareja a su lado, él riendo, dijo algunos cumplidos a la princesa Astrid, acariciando sus mejillas con paternal afecto. No volví a verles esa noche, pero al día siguiente el rey Alberto y su hijo volvieron a aparecer en el Casino, aunque no se acercaron para nada al tapete. En cierto momento un hombre de elevada estatura, y garrido aspecto se acercó a Leopoldo y lo palmó fuertemente en la espalda. Dándose vuelta con presteza, estupefacto ante tal familiaridad, pronto el rostro del belga se abrió en una sonrisa, mientras estrechaba con efusión la mano del desconocido, que era nada menos que el príncipe heredero Olaf, de Noruega.
Pronto abandonaron juntos el salón charlando con un hombre lleno de condecoraciones que con una gran inclinación les había previamente saludado, dirigiéndose al salón de baile, donde les vi luego en compañía de la princesa Astrid.

Rato después vinileron a las mesas a tentar fortuna, pero ésta se negó a sonreír a ninguno de ellos.

Fue en esa misma ocasión que conocí por vez primera al exilado Carol de Rumania, y a su tan disentida amiga Madame Lupescu -una mujer, por entonces, llena de talento y belleza.

El casino parecía repleto de Realezas esa noche, pues vi también al príncipe Siegmundo, de Prusia, y al príncipe Habib Lotfallah -millonario egipcio que acababa de regresar de Moscú. El rey Carol estaba sentado con Madame Lupescu frente a una de las mesas principales, y era evidente que a ambos les fascinaba el juego, aunque Carol perdía algo más de lo que convenía a sus posibilidades.
Persistía en bancar, y después de cada jugada, extraía con lentitud de sus bolsillos fajo tras fajo de billetes de a 1.000 francos, que iban a pasar, uno tras uno, a manos de un ruso de barba, sentado al otro lado, y el que parecía dispuesto a arruinar al príncipe, desafiándole en cada jugada.

-Vámonos ya, Carol -dijo varias veces Madame Lupescu, pero su excitado acompañante no la oía, cada vez más absorbido por las apuestas, y sacando siempre más dinero de sus bolsillos. Llegó un momento en que pareció que se le agotaban sus disponibilidades en efectivo, pues hizo una seña a uno de los banqueros, y le inquirió si sería posible cambiar un cheque.

-Pero desde luego, "Monsieur le Prince" -respondió el hombre; Carol sacó entonces su libreta y una estilográfica, y llenándola, se la pasó a éste, quien partió de inmediato en busca del dinero. Pronto regresó con un voluminoso paquete de billetes de a 1.000 francos, que entregó al príncipe.

El juego prosiguió, y una hora después el total de la suma recibida había ya desaparecido de las manos del príncipe; tomándole del brazo, Madame Lupescu, intentó hacerlo parar.

-Vamos a bailar, "cherie" -dijo, señalando el salón, al otro extremo de la "salle"-. Dudó un instante Carol, pero comprendiendo que sus pérdidas ya eran suficientes por esa noche, accedió al ruego, y escasos minutos más tarde, danzaba un paso muy complicado, mezclado entre los demás bailarines, y en compañía de la Lupescu, ataviada con un traje vistoso y muy coloreado. Reparó en que el príncipe Leopoldo de Bélgica y el príncipe Olaf de Noruega estaban también en la pista en esos momentos. Leopoldo danzaba con la princesa Astrid, su esposa, mientras que el príncipe Olaf tenía por compañera a una linda rubia, que era a la vez, evidentemente, una experta bailarina.

¡Ninguno de estos príncipes mantenía el menor contacto con Carol de Rumania!







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