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Confesiones de un Croupier - Capítulo 05: Los Garitos de París

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Voy a transportarlo a Ud. fuera de los diversos Casinos cosmopolitas de Europa, para introducirlo en la vida de juego de París. El París de aquella época, que tenía una cantidad mayor de garitos secretos y "círculos" que cualquier otra ciudad en el mundo.

En tales ambientes Ud. puede hallar al jugador que no conoce el límite, al hombre adinerado, al que arriesga una fortuna a un número, en consecuencia, el juego es allí más excitante y peligroso que en lugar alguno.

El club de diversiones más famoso de París era, por cierto, el "Cercle Hausmann", en el Boulevard des Italiennes, propiedad del más poderoso e influyente de los capitalistas de juego de la ante-guerra: ¡el todopoderoso André!

Suave, refinado, inmaculadamente vestido, era André el Príncipe del Juego del Continente Europeo.

Situadas en el tercero de los cuatro pisos de un imponente palacio, estaban las lujosísimas dependencias y salones alumbrados siempre por luz artificial, del Círculo Haussmann. Los ventanales, hermética y eternamente cerrados, jamás recibían la luz del día. El motivo de ello lo sabrán Uds. más adelante. A todas horas se jugaban allí millones de francos, se formaban y deshacíaan fortunas, mientras abajo, en la calle, atronaba el tráfico, y bullía la vida, ignorantes de que, pocos metros más arriba, se hallaba una de las casas de juego más herméticas y exclusivas del mundo.

El Círculo Hausmann tenía su clientela propia, y no era posible penetrar ahí como en cualquier Casino ordinario. La admisión era difícil de obtener, a menos de ser presentado por algún socio influyente.

Sucesos extraños y fascinantes ocurrían en Hausmann. Vi una vez a nueve millonaios sentados alrededor de la misma mesa, sobre la que millones de francos pasaban de una mano a otra. Se aceptaba prácticamente cualquier puesta, y he sido testigo de cómo hombres -y mujeres- perdían en cinco minutos sumas tales que les hubieran permitido vivir lujosamente el resto de sus vidas, o a una docena de familias costearse durante muchos años una existencia llena de comodidades.

El juego en Hausmann era suave, tranquilo, anodino casi. Nunca se hallaban esos arrebatos de histeria que son frecuentes en otros Casinos, porque aquí sólo se enfrentaba uno con jugadores avezados y resueltos -gentes que arriesgaban seria y cuidadosamente- y que a menudo habían dedicado su vida al estudio de la ruleta, el baccarat, el "chemin de fer", o el treinta y cuarenta.

En Hausmann vi cómo un americano permaneció durante dos días frente a la mesa -incorporándose apenas para tomar un sandwich de caviar y una copa de champaña. El primer día ganaba golpe tras golpe, pero al comenzar el segundo día perdió todos sus beneficios, y muchas horas después intenta aún en vano recuperar esas pérdidas. Me temo que si entró en Hausmann como hombre rico -después de una larga vida de sacrificio en su patria- salió en cambio del círculo completamente arruinado.

Esta es la irremediable tragedia del juego. El descalabro en unas pocas horas, después de años de esfuerzo y privaciones, acicateado por el ansia de aumentar aquel, caudal inicial, que se reunió en el trabajo de muchos días en aras de esa diosa de ojos burlones que es la Probabilidad.

Aunque el Círculo Hausmann fue el más grande de los garitos parisienses, habían en la ciudad cientos de "clubs" similares, en algunos de los cuales el juego era claro y honesto, mientras que en otros cada movimiento de los propietarios parecía destinado a aliviar de su dinero a la clientela.

A ese conjunto de fulleros y tahures se los designa con la palabra "rabatteurs", y podía encontrárseles asimismo, en todos los grandes hoteles y lugares de moda de París. Impecablemente trajeados, frecuentaban los bares aristocráticos, al acecho de la ocasión que les permitiera relacionarse con algún opulento turista inglés o americano, y persuadirle a visitar el antro secreto y exclusivo al cual pertenecían.

Estos sujetos son invariablemente atractivos, grandes conversadores, y conocedores acabados de cada rincón de París; constituían, por lo tanto, una guía apropiada para el turista que rara vez va más allá de la Rue de la Paix, la de Rivoli, y los Campos Eliseos, además de la consabida y fugaz excursión en un taxi a Montmartre, para "apreciar el ambiente".

Después de volverse un "buen camarada" de su víctima, el "rabatteur" sugiere una cena ligera posterior a una visita romántica, con recreos femeninos, a Montmartre. Sólo después de bien pasada la media noche insinúa el "rabatteur", como obedeciendo a una inspiración súbita, que podrían visitar algún garito excitante e ignorado. Saturada por las bebidas y la excitación de París, la víctima es ya campo propicio a todas las concesiones, lo que permite a nuestro hombre llamar un coche -previa indagación sagaz de las disponibilidades financieras del "palomo"-, y conducirlo al objetivo final de todas sus maniobras: el "Círculo" que utilizaba sus servicios. Lo que sucedía después bien puede omitirse.

La víctima retornará a su hotel a tiempo para el desayuno; un hombre más triste aunque más sabio.

Estos "rabatteurs" tiene un porcentaje sobre la suma de que el cliente es despojado, y en realidad su "profesión" es un pingüe negocio. Tan lucrativa es que, muchos aristócratas de ambos sexos, con títulos de nobleza algunos, suplementan sus ingresos, sirviendo de cicerones oficiosos a los opulentos y desprevenidos, en la dirección ya apuntada.


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